Durante el tiempo en el que estuve viajando me pregunté muchas veces si debía sentarme en algún momento en el que no estuviese haciendo nada y escribir sobre lo que veía. Al final, sentía que no iba a poder tener el poder de la memoria, sino el del asombro, que no significa que sea peor o mejor, pero es distinto.  Digamos que hice un acuerdo conmigo misma en el que decidí que escribiría después que regresara a Puerto Rico, con cualquiera que fuese mi impresión pos viaje, y aquí estoy, una semana después de que el Condor 6020 aterrizara en San Juan, y finalmente después de 5 semanas, escuchara aplausos justo en ese momento.

La mayoría de la gente tiende a repudiar esos aplausos que lanzan los boricuas una vez el avión aterriza porque les parece cafre, a mí me parece la más honesta muestra de folclor y de agradecimiento, ¿acaso aplaudirían si al avión le diera con hacer lo que hizo el de Jenny Rivera? Exacto. Es una manera, no tan ortodoxa, de dar las gracias por llegar bien al destino, y extraño como les pueda parecer, extrañé eso en todos los vuelos que estuve en Europa.

Así comencé mis travesía al norte el 16 de mayo de 2013, después de haber llorado casi hasta sangre (parece hipérbole, pero estoy segura que casi) gracias a todos los trabajos finales, y al más estresante pero enriquecedor: mi tesina sobre la vigencia de la obra de Roberto Arlt, que ya abrí el documento hace unos días para emocionarme igual que en el momento que lo leí, justo antes de llevarlo a encuadernar.  Aproximadamente a las 10 de la mañana aquel vuelo de Jet Blue me llevaba a New York, la primera parada clásica de casi todos los vuelos que van a Europa.  Una vez en New York, me tocaba esperar 4 horas por mi vuelo de Icelandair que me sacaría por primera vez en mi vida del triángulo de las Bermudas (consideren que básicamente, no he salido de San Juan, Miami y Nueva York, casi los mismos puntos del triángulo).  ¿Será que siempre esa espera resulta eterna? Claro, era el día en el cual casi corro por todo el terminal 7 buscando donde conectar mi computadora, era la Semifinal 2 de Eurovision y el sábado iba a ver la final en vivo.  No les voy a decir que el internet del aeropuerto me trolleó y casi no pude ver nada, porque haría este cuento más deprimente, pero algo así sucedió.  Esa escala se me hizo media horrorosa, pero al final todo salió bien, a las ocho salimos a Reykjavik y honestamente, pienso que Icelandair es una de las mejores líneas aéreas que hay.  Estaba tan cansada que no pude ver ninguna película pero había de todo para ver, desde Argo hasta Look Whos Talking, así de trip está ese vuelo, pero yo dormí casi las 5 horas que tomó llegar a Islandia. Como cuatro horas más tarde, por fin llegué a mi destino: Copenhague, Dinamarca, la ciudad de la que estoy perdidamente enamorada.

Lo más asombroso que le puede suceder a un ser humano una vez llega a Copenhague es tener que tomar el Oresundtag hasta Malmo, Suecia, justo lo que tuve que hacer.  El Oresund es una maravilla, esa vista y esa sensación de estar en dos países al mismo tiempo que te hace sentir el tren, que una vez sale de Dinamarca comienza a decirte las estaciones en sueco y viceversa.  Tuve la suerte de encontrar una segunda familia maravillosa en Malmo con quienes pasé esos cinco días allá, y naturalmente, tuve la oportunidad de presenciar una final de Eurovision que para colmo, tuvo el resultado que yo quería.

Definitivamente, creo que nunca olvidaré esa noche porque fue una de las mejores de mi vida.  Malmo es una ciudad bonita aunque pequeña, y lo mejor que tiene sigo diciendo que es ese puente maravilloso que la conecta con Copenhague.  Copenhague huele a Hans Christian Andersen por todas partes, hay un aire de historia y arte divino que se respira por cada calle que uno va.

Sin lugar a dudas, estoy convencida que me hubiese gustado estar mucho más tiempo del que estuve en Copenhague, un día no fue suficiente para ver todo lo que me hubiese gustado, pero de algo estoy segura: Copenhague ha sido lo único que me ha inspirado en la vida a querer aprender a correr bicicleta.

Después fui a otro lugar del cual estoy perdidamente enamorada: Estocolmo.  El museo de Abba, la Ciudad Vieja, Drotninggatan, Sodermalm, es una delicia de lugar.  Además, fui al concierto de Bon Jovi en el Estadio Olímpico, ¿que más puedo pedir? Además que siento que Estocolmo tiene mucho en común con Nueva York, oyes casi todos los idiomas si te montas en el metro y puedes encontrar de todo lo que te propongas, honestamente, creo que es uno de los sitios donde me veo en un futuro.

Luego de Estocolmo me tocó Gotenburgo. A mí honestamente me encantó, porque es un paraíso estudiantil, pero estoy segura que es de esos lugares en los que no puedes estar demasiado tiempos porque llega el punto en el que te aburres. Si hay un lugar en el que hice nuevas amistades y me divertí como loca es Gotenburgo. Hasta me disfrute el Gay Pride Parade de la ciudad mientras estuve.

Después pasé una semana en la que estoy casi convencida que es la ciudad más cara del mundo: Oslo, Noruega.  A pesar de sus precios exorbitantes, debe ser uno de los lugares más hermosos del mundo y de esos que se deben visitar al menos una vez en la vida.  Si en un lugar fui feliz andando de museo fue en este.  La emoción más grande que tuve fue visitar el apartamento de Henrik Ibsen, sí, el viejo rabioso que escribió “A Doll’s House”.  Lo más curioso de estar en ese apartamento, que es justo frente al palacio real de Oslo es que sientes su presencia y hasta comienzas a entender de donde surgió toda su obra con tan solo mirar el entorno.  Creo que esta fue una de las mejores experiencias que tuve en la ciudad.

Después, estuve lo más cercano a Rusia que conseguí estar: Riga, Letonia.  Es una ciudad a la que daría lo que fuera por volver al menos una vez al año. Tiene el ambiente perfecto para unas vacaciones en las que puedes combinar historia, cultura y fiesta.  Los Happy Hours de Riga son eternos, desde las 4pm hasta las 3am puedes estar Bar Hopping por toda la ciudad vieja y siempre encontrarás uno, cervezas por menos de 1 lat ($1.88USD) en todas partes, 2×1 en todas partes, lo que quiere decir que con 4 lats te podías tomar feliz 2 caipirinhas o 2 mojitos en cualquier parte.  La comida también me encantó, el mejor pan con ajo de mi vida me lo comí allá, los pancakes de papa, definitivamente que la gastronomía báltica estuvo un poco mejor que la escandinava.

Yo no sé si tiene algo que ver con el cliché o que yo soy un ser muy extraño qué cosa, pero la realidad es que lo menos que me gusto de todo mi viaje fue Paris y Barcelona, bueno, especialmente Barcelona.  En Paris al menos tenía cosas con las que me identifico: El Louvre, la ruta de Rayuela (¡gracias Instituto Cervantes!), los cementerios que moría por ir a visitar y obvio que Paris Saint Germain.  Básicamente en eso consistieron mis cuatro días en Paris.  Lo menos que me gustó de la ciudad es ese overload de gente en todas partes (sobre todo en las partes turísticas) una vez te sales de ese caos, todo se torna mucho mejor. Además, estuve con mi querida amiga Luisa que me llena siempre con su poesía y todo lo que sabe. Eso hizo mi estadía en Paris una mágica, pero no en el sentido mágico que suelen concebir casi todos los turistas cuando miran la torre.

Y finalmente llegué a Barcelona. Aunque la ciudad no es para nada mi favorita (aunque la comida estuvo super) por lo menos no estuve sola, eso la hizo mucho mejor.

Y después de muchas patatas bravas y cañas, tocó ir a Frankfurt para tomar ese vuelo Condor 6020 que llega directamente a San Juan. ¿Qué aprendí? ¿Qué gané? Creo que todo, hasta de Barcelona con todo y lo ajeno que se me hace Gaudí. Gané muchísimos nuevos amigos alrededor del mundo, experiencias que nadie me va a quitar.  Aprendí que en todas las lenguas escandinavas tack es gracias, aunque no en todas se escribe igual.  Tuve la oportunidad de conocerme mejor y darme cuenta que soy mucho más organizada de lo que creía (vivir en Miami me había dado una leve señal de esto).  Que en Suecia hay más H&M que Systembolaget (la tienda del estado encargada de vender el alcohol) y que Carlos Felipe es el príncipe más bello del mundo.  No hay mejor fast-food de hamburgers en el mundo que Max y su salsa maravillosa para dipiar.  Aprendí cuán útil es ser la políglota donde quiera que vayas, en todas las esquinas te aparece un brasileño, un español o un italiano que no sabe nada de inglés y te conviertes en la salvadora del grupo cuando hay hambre o necesidad.  La verdad, me di cuenta que en algún punto de mi vida, quisiera definitivamente vivir en Copenhague o Estocolmo, y que no debo conformarme con simplemente viajar a aquellos lugares a los cuales no necesito pasaporte.

  • http://www.blogger.com/profile/13543116675298898923 Fiquito Yunqué

    Veo tu entrada ahora luego de estar meses sin escribir, y puedo entender ahora en contexto mucho de tu viaje, que describías casi a diario en FB. Me sorprendió que paraste en Reykjavik y aparentemente no saliste del aeropuerto -dicen que es el lugar más creativo del mundo, así la vida sea tan cara como en Noruega. Tu opinión sobre buena parte de las demás ciudades es consistente con las de otras personas que las han visitado… y de una que nació en una de ellas (tengo una amiga ponceña que nació en Gotenburgo, nacida de madre sueca, padre chileno, y ella criada en Ponce… go figure). París a mí me pareció peligroso -quizá mi prejuicio vino de verlo solo. Excelente relato.