Ocofobia

Conocida como el miedo irracional a los vehículos y lo que lo relacionan, es una fobia, donde las personas tienen la sensación de nervios, miedo o pánico al subirse o ver aproximarse un coche.

De acuerdo a especialistas, las personas que padecen esta fobia tienen miedo a subirse a un coche ya que piensan que van a morir en un accidente vial, y al mínimo exceso de velocidad se alarman y comienzan a sufrir episodios de estrés y pánico irrazonable.

Curiosamente, el 9 de diciembre se cumplen 10 años desde que tengo licencia de conducir, o como preferiría decirle en estos instantes, licencia para matar. En aquella entonces, tener una licencia de conducir para mí representaba sinónimo de libertad. Qué curioso que ahora solo represente una tarjeta de identificación ya que constituye un permiso para hacer algo que ya no tengo valor de volver a hacer en mi vida.

Chocar para mí, hasta de la manera más simple siempre fue una experiencia traumática. Lágrimas, miedo, escuchar a mami y a papi hablar de mi falta de carácter, igual que lo hacen ahora, con la sencilla diferencia que para aquellos tiempos todos los huesos de mi nariz estaban enteros y no daban constantes dolores abdominales.
Si existe una persona a la que admiro en este mundo, esa es Paola Díaz Negrón. Primero que todo, y aunque hace mucho no la veo por distintas razones, es una gran amiga y estar a su lado siempre me brinda una fuerza y una alegría increíble. Admiro la valentía con la que se ha sobrepuesto de sus obstáculos, y al final, creo que en el fondo quisiera ser como ella. Pero no sé si soy tan fuerte como mi gran amiga.

Probablemente Mami y Papi siempre tuvieron razón, me falta carácter y por eso mi estabilidad se quebró del mismo modo que mi nariz. Ya no me siento segura casi en ningún lugar, me produce más ansiedad de la usual las multitudes y además, no sé si alguna vez seré capaz de montarme en un auto sin que me tiemblen las rodillas.

Recuerdo lo que escribía Paola de su accidente y me siento mierda ante todo. El ruido espeluznante, el no tener una imagen clara excepto el ruido y el olor del momento. El no saber de repente si estás viva o muerta, el instinto de querer salir corriendo porque piensas que el carro va a explotar contigo adentro. El darte cuenta que, gracias al cinturón sigues con vida, pero te lastimó el área abdominal para siempre y que no puedes correr del todo. La nariz hinchada y respirar con dificultad. El miedo. Sobre todo el miedo.

No me quiero comparar. Toco madera porque respiro y camino. Toco madera porque puedo contarlo. Pero el miedo sigue aquí. El pánico duele. Nunca lo supe hasta que lo sentí tan de cerca. No sé si son ideas mías, pero cuando esa sensación se apodera de mí todo se paraliza y duele. Todas las articulaciones duelen.

No sé si exista algún estudio que explique que experiencias traumáticas con cosas que de por sí, en tu sano juicio, no te agradaban tengan estos efectos. Siempre odié conducir, excepto cuando tenía 16 años y me hacía sentir independiente. En esa etapa de los 18-21 descubrí que hay amigos que solo lo son porque tienes carro para salir. A los 21 viviendo en Miami me di cuenta de lo triste que es la vida en las ciudades donde se necesita un carro. Digamos que desde entonces hasta ahora eso lo he tenido claro, pero la creencia popular es que hay que arriesgarse a morir porque acá es necesario manejar. 

Esto se aclara mucho más cuando descubro las ciudades que la vida es vida a pesar de un carro. No hay necesidad de tener uno, se convierte en un lujo, no en una necesidad como acá. Creo que para alguien cuya herida está tan reciente, regresar de Estocolmo donde la ciudad te permite total independencia, a San Juan donde hay que moverse en carro, empeora mi situación.
Sucede que para gente que creía mis amigos o queridos soy una exagerada. Estoy segura que algunos le tienen fobia a las cucarachas o al mar, pero sin embargo, prefieren juzgarme porque tengo fobia de algo que ya me consta que me lastimó y que sobre todo, que sé que es una manera en la que no quiero morir. Debo admitir que estoy consciente que mentalmente, hay mucho que no puedo evitar.
A mí las muertes provocadas por automóviles me han tocado de cerca desde temprano. A mis 14 años, un conductor atropelló a Miguel Ángel y me privó para siempre de uno de los amigos mas fieles que he tenido en mi vida. Tan reciente como este año, otro me privó de una mujer tan maravillosa y gentil como lo fue Ivania. No quiero que mañana me prive de otro conocido. No quiero ser la próxima.
Lo más absurdo que se me hace es que la gente insista en “pues, hay que bregar” ¡pues no! No me da la gana de seguir bregando con inconscientes que no entienden que su medio de transportación es un arma letal. No me da la gana de seguir aguantando cortes de pastelillos, cambios de carril indebidos, comías de luces premeditadas. No me da la gana de vivir en un lugar donde ir montado en tu auto te hace creer que tienes el derecho de menospreciar al ciclista, al peatón y al gato y al perro que por tu propia falta de empatía son parte de la sobrepoblación. No me da la gana de vivir esta mierda.

Lamento informarles que mis propios miedos son un excelente propulsor para perseguir metas que me he trazado desde temprano en mi vida. Sé que de algo tan oscuro como vivir rodeada de temores, finalmente voy a lograr cambiar el crisol de las cosas, allá, donde las calles son de todos, todos valemos lo mismo, no se vive el menosprecio de aquel que está al volante y los accidentes, son realmente eso y no absurdos de un conductor inconsciente. ¡Ojalá y algún día aprendas a compartir la carretera Puerto Rico!