Camaleones y clavadistas: Decisiones radicales en la vida

Hace un año, para estas mismas fechas ya tenía todos mis documentos listos y todos los días enviaba un e-mail nuevo o tenía alguna entrevista. Estaba totalmente segura que mi destino sería Corea del Sur. Así pasé semanas y semanas buscando una escuela que me aceptase, pero todas respondían lo mismo: “you’re an US citizen, but your education was not in English so I can’t accept you”. Cada día la posibilidad de ir a Corea se iba alejando más y más y así yo me aferraba más a ella.

Cuando Corea no me aceptó por no ser suficientemente gringa dejé de preocuparme por el país. Alemania, Turquía, Rusia, Georgia, Tailandia, Bulgaria, Grecia, que más daba, quería trabajar fuera de Puerto Rico. De todas partes, obtenía la misma negativa pero mientras más me halaba los pelos, más me iba sembrando en Puerto Rico. 

De repente, y no sé ni como, me llaman para una entrevista. Fue la entrevista que me encargué de hacer lo peor posible en mi vida porque yo no me podía quedar en Puerto Rico. Fue la peor porque fue el mismo 11 de junio, día de la graduación de la iupi, día en el que hubiese preferido hacer un shooting en la playa con mi medalla Magna Cum Laude. Simplemente, fue la peor porque yo me encargué de que lo fuera, y aún así me ofrecieron el trabajo.

Recuerdo que los primeros días lloraba como infeliz. Lloraba por miedo: ese miedo que da ser el primero en casi todas tus clases y que la vida te premie con algo que no quisieras hacer. Mientras tanto, aquellos compañeros con los que me sentaba a estudiar y no captaban nada se empezaban a ir del país. Portugal, Brasil, Inglaterra, España, maestrías, trabajos y yo sembrá como una yautía en el terruño. Ahí comprendí el primer detalle mierda de la vida después de la universidad: ser el mejor de tu clase y tener las recomendaciones de tus profesores, no necesariamente te garantizan el éxito en tu futuro. Mierda.

Lloraba también por algo simple: yo no pasé 7 años, un cambio de concentración, un intercambio y terminar finalmente dos concentraciones en el bachillerato para que la gente viniera a pelearme por cosas que no había hecho. Me había preparado para traducir, para leer entre las líneas, para investigar, para ser ponente, para pasar la vida metida en bibliotecas, para ser académica. No me había preparado para resolverle problemas a la gente. Para mí fue difícil tener que aceptar que esa era mi realidad.

Al final, comprendí que a veces hay que ser como el camaleón y cambiar su color según el fondo en el que se está y así lo conseguí. Poco a poco pude sentirme en mi piel, aún y fuera mi misma piel en otros colores. Así poco a poco me fui soltando, perdiendo el miedo a lo que hacía, pero si hay algo que no existe en esta vida es el comfort zone.

Hace algunos meses al camaleón no le sienta ningún color al que se puede transformar. Una de las cosas de las que más padecen los camaleones es de estrés, ese estrés que los lleva a transformar su color para que su presa no lo atrape, esa constante alerta, lo va matando poco a poco. Así me he sentido ultimamente, y al igual que el camaleón, opté por tirar la toalla.

Probablemente es que en realidad no soy un camaleón, sino otra especie haciendo las veces de camaleón, y por eso, ahora toca vestirse en otra piel. Quizás soy una especie de clavadista mortal que se tira de la plataforma aún cuando no hay agua, porque sigue teniendo fe que las grandes situaciones de la vida brindan buenos resultados.

Hoy no quiero las mismas cosas que hace un año. No busco un puesto en Corea, sino que quiero ser una emprendedora en el mismo lugar dónde estoy. Quiero poner todas mis ideas en su lugar e ir paso a paso conquistando cada una de las cosas que me he propuesto.

El futuro es incierto, pero quitarse la piel de camaleón es un gran alivio. Ya tocará vestirse pronto en otra piel.