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Cronología de mi vida según mis tobillos

Probablemente, antes de nacer cuando aún era una criatura del firmamento, decidieron que la mayor parte de mi vida debería estar mucho más cerca del suelo que del cielo. Sabían que la fuerza de gravedad sería su mejor aliado pero aún así, por alguna parte me tatuaron eso cosa de que mi cuerpo no lo olvidaba. Probablemente fue justo en mis tobillos. Al pobre de Aquiles lo jodieron por el talón, a mí, por lo visto, decidieron joderme por el tobillo.

La primera vez que me lastimé un tobillo tendría algunos cinco años. Recuerdo como hoy que estaba jugando en los columpios de la escuela cuando caí desde lo alto de la chorrera hasta el piso sin paracaídas. Aquello dolió bastante y fue así como tuve mi primer encuentro con mi amigo el yeso. Recuerdo que para aquella entonces mi madre me llevaba a todas partes en el coche porque, claro, a los cinco años aún cabía, aunque ya yo fuera “una nena grande para eso”. Nunca supe que ese episodio era el preludio del resto de mi vida.

Pasaron como cinco o seis años cuando me volví a lastimar. No caigo en cuenta si fue jugando voleibol o jugando con las ramas. No sé si fue el tobillo izquierdo o si fue el derecho pero si recuerdo una vez que me sucedió hace exactamente 13 años. Me caí jugando voleibol y se acabó mi temporada en ese instante. Esa vez fue el pie derecho. Recuerdo que me reencontré otra vez con mi amigo el yeso pero esa vez fue mucho más divertido: era un yeso rojo que se podía mojar. Lo único aburrido era que nadie lo podía escribir. Estuve como tres semanas con ese yeso colorado. Recuerdo que hasta tenía una bota y así iba a la escuela. Recuerdo tanto ese yeso porque mi mamá y yo, el día antes de irme de gira a las Cuevas de Camuy, arrancamos ese yeso con cuanta herramienta encontramos en la casa. Estaba en séptimo grado, era inconcebible y todo un bochorno ir a una gira con un yeso, y sobre todo, lidiar con el bullying.

Así han venido muchas otras caídas y tobillos doblados: jugando fútbol, saliendo de la biblioteca de Saint Francis, caminando en Crocs en un Martes de Galería hasta llegar a las más recientes: de mis pies haciendo ejercicios en mi cuarto, bajándome del Ferry al llegar a San Juan y ahora, hace 2 días, montándome en el carro de mi mamá.

Hoy me puse a hablar de mis fabulosas y tan mentadas caídas con una amiga, me preguntó que si me había caído mientras viajaba. La realidad es que tengo (algo de) conciencia de que me he caído dos veces mientras viajo: una vez fue en Gotemburgo, Suecia y la realidad es que no la recuerdo. Solo sé que me levanté de la cama de mi hostal y tenía una herida en la rodilla. La segunda vez fue hace algunos meses cambiando de metro en París. Eran las ansias de ver la ciudad, iba subiendo unas escaleras y otra vez caí de rodilla. Definitivamente el suelo me adora.

Conversando con mi amiga entendí una cosa: Ese tatuaje en mis tobillos podría ser también una muestra de que debo de estar más cerca del suelo que me vio nacer. Eso es una manera bastante patriótica de verlo pues, los tobillos solo se me doblan en esta tierra. En las demás, me arrodillo como el Papa Juan Pablo II cuando llegaba a un destino nuevo (aunque el chiste era porque el avión de Alitalia no se estrelló).

También lo puedo ver desde una perspectiva algo antipatriótica: la tierra que me vio nacer me odia tanto que quiere verme jodida. Quizás eso no sea tan antipatriótico y es que en realidad la tierra nos jode a todos. Pero que más da.

Hace un día me reencontré con mi inseparable amigo el yeso. Hacía tiempo que no tenía que verlo pues, ya se había hecho una costumbre eso de doblarme el tobillo y ya tenía un ritual de como tratarlos: me ponía hielo tan pronto sucedía, bengay antes de dormir y una tobillera para andar por la vida. Esta vez no fue así, y pensar que ni tan siquiera me caí. El tobillo no pudo ser más fuerte que el hoyo en el que lo firmé. Otra vez se me jodió el ligamento, igual que me dijo el doctor cuando tenía 12 años.

Llevo 20 años de mi vida saboreando las consecuencias de la marca con la que me sentenciaron desde antes de nacer. Imaginen si estar cerca del suelo es mi vestigio que por algo es que mido 5′. Probablemente, de aquí a muchos años, ya la gente no hablará de sus debilidades haciendo referencia al “talón de Áquiles”. Aspiro a que después de mi muerte la gente hable de sus debilidades y diga “mi tobillo de Brenda es…”.

Crónica de una muerte [deportiva] anunciada

Disclaimer: Esto fue escrito desde la óptica de una fanática frustrada. Si algún jugador, dirigente, miembro de cuerpo técnico, etc se sintiese ofendido, tenga por seguro que esa nunca fue la intención de este escrito, sino pura solidaridad con ustedes.

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En esta isla de repente parece como si todo muriera poco a poco. Es como si estuvieramos pasando la peste del insomnia de Macondo y uno de sus síntomas más profundos: el olvido. Podría ser una imagen algo profunda para muchos, pero no se aleja de lo que está pasando en esta isla amenazada por la chikungunya, la violencia y el poco deseo de unos cuantos de mantener o mejorar lo que se tiene.

Ayer fue el baseball, antes de ayer fueron espacios culturales, hoy es el voleibol superior masculino el que sufre de la peste del insomnio. No estaría segura si llamarlo insmnio o sueño colectivo del cual se rehúsan a despertar aún cuando ya se cae en el abismo. Señoras y señores: lo que hace cinco años parecía algo “no tan grave” hoy se ha convertido en algo terrible.

Quien me conoce sabe que el voleibol es parte fundamental de mi vida. Desde el primer momento en que toqué un balón a mis 8 años jugando en el colegio y en Gigantes hasta la última vez que lo hice hace cuatro años siempre he estado ligada a él. Tanto como groupie, como jugadora, o como persona que simplemente no puede pasar más de seis meses sin pisar una cancha porque siente que le falta algo. Así es mi relación con el voleibol.

Aunque por situaciones bastante obvias ya no juego, el voleibol no ha salido de mí y es parte de mi vida social, emocional y hasta de mi precaria literatura. Es por ello que hoy siento la obligación de dedicarle este post, así como muchos otros que ya le he dedicado.

Además de las noticias emocionantes que nos encontramos en los periódicos del país todos los días referentes a epidemias y masacres, aparece el titular “Peligra la franquicia de los Capitanes”. Imagínense cuán importante es la noticia para el resto del país y para Arecibo que entras a los comentarios del periódico y la gente está hablando de David Huertas sin darse cuenta que la noticia se refiere a la franquicia de voleibol. Franquicia que probablemente ni la mitad de los arecibeños sabe que existe. Hablamos del equipo que en estos momentos juega en el coliseo más majestuoso de toda la liga y solo lleva 69 fanáticos pagos a la cancha. ¿Eso ya da ganas de llorar no? Sobre todo cuando hablamos de un equipo que en su dos primeras temporadas tiene un campeonato y un subcampeonato.

Probablemente, algunos datos que presente aquí para ir en retrospectiva al momento en el que “la crisis comenzó” serían suficientes como para que la Federación Puertorriqueña de Voleibol me nombrara su historiadora (al menos de los últimos 10 años), pero precisamente, hablamos de una federación que, por lo visto, no se ha dado cuenta de que está agonizando. Ustedes disculpen que enfatice más en el voleibol masculino, probablemente porque lo conozco mejor. Siempre he admitido que dejé de seguir el femenino cuando de repente las jugadoras eran mis contemporáneas, las que estaban sentadas al lado mío en las clases y el factor “cuando sea grande quiero ser como…” dejó de existir.

Hace 13 años, cuando era una adolescente que pasaba los viernes y los sábados en tennis y rodilleras y por lo menos 3 días de la semana más practicando, mi otro hobby además de ese era ir a la cancha y seguir consumiendo voleibol, ya fuese Superior Femenino o Superior Masculino. Así presencié el primer campeonato de las Gigantes en el 2003 de la mano de Kristee Porter y Yarleen Santiago. Recuerdo la primera vez que vi a Jose Rivera jugar con los Playeros de San Juan, cuando aún Keno Gándara seguía activo en la liga y recuerdo como le aguaron la fiesta a Moca en los cruces de esa temporada 2003 y terminaron llegando a la final contra Naranjito, que naturalmente ganó el campeonato. Recuerdo todos y cada uno de los últimos 5 campeonatos de los Changos y contra quien jugaron esas finales: San Juan (2003), Corozal (2004), San Sebastián (2005), Adjuntas (2006), Corozal(2007). Diría que hasta recuerdo de qué color Vitito se pinto el pelo en cada final, pero no, sería exagerar demasiado.

Soy una criatura de la cancha desde el 2002. He visto lesiones, apagones, peleas, bofetás, lágrimas entre otras cosas en las canchas de voleibol de mi país. Una de las cosas más importantes que ví y viví fue la llegada de los refuerzos internacionales. Nuestro voleibol superior masculino vio en canchas tan de pueblos como la Gelito Ortega de Naranjito, la Carmen Zoraida Figueroa de Corozal o la Rafael Llul de Adjuntas a hombres importantes en el voleibol mundial como Marcos Milinkovic, Wous Wijsman, Jorge Elgueta, Scott Touzinsky, Brook Billings, Gerardo Ivan Contreras y David McKienzie. No se crean que estoy queriendo ignorar el hecho de que Clayton Stanley jugó en nuestra liga (y guille aparte, fue GIGANTE!), sino que quería detenerme en el hecho de que aún recuerdo aquella noche de finales de mayo de 2005, el día que debutó en la liga. Fue en la cancha Pedrín Zorrilla de San Juan e hizo 42 puntos en 5 sets. No sé como lo vean muchos de ustedes, pero empezando por el hecho de que esto sucedió en una de las canchas más bochornosas de nuestro país, me llena aún de más orgullo cuando pienso en lo grande que era nuestra liga. Pero esos días ya pasaron.

¿Que nos queda hoy? Una liga de seis equipos, repleta de grandes nombres, personas que pudieran representarnos en la selección nacional, siendo agentes libres. Deudas inmensas, franquicias nuevas y de antaño recesando y retornando. Todo un caos. Todos nos preguntamos, ¿qué fue lo que pasó? ¿por qué ya la gente no llena el Clemente en una final como hace 10 años? ¿por qué ya nuestra liga no es atractiva ni para nosotros mismos? ¿QUE COÑOS PASO AQUI? Honestamente, ni yo con todos los datos que he mencionado hasta ahora entiendo que realmente sucedió.

Hace 10 años, cuando veía la cantidad de jugadores que pisaban nuestra liga pensaba que para estos tiempos al menos íbamos a poder competir con la liga de Brasil. Que ilusa fui. Si pudiera establecer una fecha en la que “esto se empezó a joder” fue precisamente en el momento en que los Changos de siempre dejaron de serlo. De repente se fue Ossie Antonety pero a nadie le preocupó en ese momento. Dos años más tarde se fue Feñito y ahí empezó la alerta. Ahí se le sumaron de repente Vitito, Angel Pérez y los Changos que tenían un espíritu cabrón y por eso eran el equipo campeón desaparecieron hasta que llegó este año y llegó la temida dispensa. Y la dispensa de sus archirivales Plataneros. Y nadie lo veía venir del todo. Después de la desintegración de los Changos, comenzaron las temporadas donde todos eran nativos. Me atrevería a decir que la última temporada “pseudo-exitosa” fue la del 2011-2012: El año del debut de los Cariduros que se lo llevaron todo y una semifinal entre Lares y Corozal que llenó el séptimo juego en la Mario Quijote Morales. La desintegración de los Changos trajo consigo un fenómeno bastante peculiar que terminó “rompiendo corillo”: las franquicias de menos de 10 años de instituídas (o debutantes) ganando campeonatos. Así tuvimos a Carolina, a Fajardo, a Arecibo y finalmente, a Guaynabo el año pasado. ¿Que tienen en común estos cuatro equipos? Que cuentan con una fanaticada reducida comparada a la de los equipos de la montaña, y ni la liga ni los apoderados han logrado que estos equipos le lleguen al corazón del fanático.

¿Qué es lo que hay que hacer para lograr eso? Estoy segura que lo primordial sería INVERTIR. Invertir un capital que no existe. Invertir en volver a restaurar la reputación de la liga. Invertir en que los juegos sean accesibles para todos desde la televisión, porque de la única manera que animas a la gente a llegar a una cancha. Invertir en que los jugadores sean más accesibles a las nuevas generaciones: campamentos, clínicas, meetups. ¿Saben porque hasta hoy sigo en la cancha? Porque cuando tenía edad de esponja tuve la oportunidad de disfrutar de todos esos recursos y finalmente, logré que toda mi familia fuera a la cancha. Asumo que lo mismo podría suceder con nuestros jóvenes. ¿Será que todo lo que hay que invertir es dinero o hay cosas más sencillas que no se están haciendo?

Todo esto lo escribo desde la frustración y el miedo: la frustración de que nada es como antes, y el miedo de que esto muera. Ojalá y que, algún día, en algún momento, tomen en cuenta las palabras y los reclamos de los fanáticos. Mediante este escrito intento hacerme eco de muchas cosas. Ojalá funcione.