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Crónica de una muerte [deportiva] anunciada

Disclaimer: Esto fue escrito desde la óptica de una fanática frustrada. Si algún jugador, dirigente, miembro de cuerpo técnico, etc se sintiese ofendido, tenga por seguro que esa nunca fue la intención de este escrito, sino pura solidaridad con ustedes.

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En esta isla de repente parece como si todo muriera poco a poco. Es como si estuvieramos pasando la peste del insomnia de Macondo y uno de sus síntomas más profundos: el olvido. Podría ser una imagen algo profunda para muchos, pero no se aleja de lo que está pasando en esta isla amenazada por la chikungunya, la violencia y el poco deseo de unos cuantos de mantener o mejorar lo que se tiene.

Ayer fue el baseball, antes de ayer fueron espacios culturales, hoy es el voleibol superior masculino el que sufre de la peste del insomnio. No estaría segura si llamarlo insmnio o sueño colectivo del cual se rehúsan a despertar aún cuando ya se cae en el abismo. Señoras y señores: lo que hace cinco años parecía algo “no tan grave” hoy se ha convertido en algo terrible.

Quien me conoce sabe que el voleibol es parte fundamental de mi vida. Desde el primer momento en que toqué un balón a mis 8 años jugando en el colegio y en Gigantes hasta la última vez que lo hice hace cuatro años siempre he estado ligada a él. Tanto como groupie, como jugadora, o como persona que simplemente no puede pasar más de seis meses sin pisar una cancha porque siente que le falta algo. Así es mi relación con el voleibol.

Aunque por situaciones bastante obvias ya no juego, el voleibol no ha salido de mí y es parte de mi vida social, emocional y hasta de mi precaria literatura. Es por ello que hoy siento la obligación de dedicarle este post, así como muchos otros que ya le he dedicado.

Además de las noticias emocionantes que nos encontramos en los periódicos del país todos los días referentes a epidemias y masacres, aparece el titular “Peligra la franquicia de los Capitanes”. Imagínense cuán importante es la noticia para el resto del país y para Arecibo que entras a los comentarios del periódico y la gente está hablando de David Huertas sin darse cuenta que la noticia se refiere a la franquicia de voleibol. Franquicia que probablemente ni la mitad de los arecibeños sabe que existe. Hablamos del equipo que en estos momentos juega en el coliseo más majestuoso de toda la liga y solo lleva 69 fanáticos pagos a la cancha. ¿Eso ya da ganas de llorar no? Sobre todo cuando hablamos de un equipo que en su dos primeras temporadas tiene un campeonato y un subcampeonato.

Probablemente, algunos datos que presente aquí para ir en retrospectiva al momento en el que “la crisis comenzó” serían suficientes como para que la Federación Puertorriqueña de Voleibol me nombrara su historiadora (al menos de los últimos 10 años), pero precisamente, hablamos de una federación que, por lo visto, no se ha dado cuenta de que está agonizando. Ustedes disculpen que enfatice más en el voleibol masculino, probablemente porque lo conozco mejor. Siempre he admitido que dejé de seguir el femenino cuando de repente las jugadoras eran mis contemporáneas, las que estaban sentadas al lado mío en las clases y el factor “cuando sea grande quiero ser como…” dejó de existir.

Hace 13 años, cuando era una adolescente que pasaba los viernes y los sábados en tennis y rodilleras y por lo menos 3 días de la semana más practicando, mi otro hobby además de ese era ir a la cancha y seguir consumiendo voleibol, ya fuese Superior Femenino o Superior Masculino. Así presencié el primer campeonato de las Gigantes en el 2003 de la mano de Kristee Porter y Yarleen Santiago. Recuerdo la primera vez que vi a Jose Rivera jugar con los Playeros de San Juan, cuando aún Keno Gándara seguía activo en la liga y recuerdo como le aguaron la fiesta a Moca en los cruces de esa temporada 2003 y terminaron llegando a la final contra Naranjito, que naturalmente ganó el campeonato. Recuerdo todos y cada uno de los últimos 5 campeonatos de los Changos y contra quien jugaron esas finales: San Juan (2003), Corozal (2004), San Sebastián (2005), Adjuntas (2006), Corozal(2007). Diría que hasta recuerdo de qué color Vitito se pinto el pelo en cada final, pero no, sería exagerar demasiado.

Soy una criatura de la cancha desde el 2002. He visto lesiones, apagones, peleas, bofetás, lágrimas entre otras cosas en las canchas de voleibol de mi país. Una de las cosas más importantes que ví y viví fue la llegada de los refuerzos internacionales. Nuestro voleibol superior masculino vio en canchas tan de pueblos como la Gelito Ortega de Naranjito, la Carmen Zoraida Figueroa de Corozal o la Rafael Llul de Adjuntas a hombres importantes en el voleibol mundial como Marcos Milinkovic, Wous Wijsman, Jorge Elgueta, Scott Touzinsky, Brook Billings, Gerardo Ivan Contreras y David McKienzie. No se crean que estoy queriendo ignorar el hecho de que Clayton Stanley jugó en nuestra liga (y guille aparte, fue GIGANTE!), sino que quería detenerme en el hecho de que aún recuerdo aquella noche de finales de mayo de 2005, el día que debutó en la liga. Fue en la cancha Pedrín Zorrilla de San Juan e hizo 42 puntos en 5 sets. No sé como lo vean muchos de ustedes, pero empezando por el hecho de que esto sucedió en una de las canchas más bochornosas de nuestro país, me llena aún de más orgullo cuando pienso en lo grande que era nuestra liga. Pero esos días ya pasaron.

¿Que nos queda hoy? Una liga de seis equipos, repleta de grandes nombres, personas que pudieran representarnos en la selección nacional, siendo agentes libres. Deudas inmensas, franquicias nuevas y de antaño recesando y retornando. Todo un caos. Todos nos preguntamos, ¿qué fue lo que pasó? ¿por qué ya la gente no llena el Clemente en una final como hace 10 años? ¿por qué ya nuestra liga no es atractiva ni para nosotros mismos? ¿QUE COÑOS PASO AQUI? Honestamente, ni yo con todos los datos que he mencionado hasta ahora entiendo que realmente sucedió.

Hace 10 años, cuando veía la cantidad de jugadores que pisaban nuestra liga pensaba que para estos tiempos al menos íbamos a poder competir con la liga de Brasil. Que ilusa fui. Si pudiera establecer una fecha en la que “esto se empezó a joder” fue precisamente en el momento en que los Changos de siempre dejaron de serlo. De repente se fue Ossie Antonety pero a nadie le preocupó en ese momento. Dos años más tarde se fue Feñito y ahí empezó la alerta. Ahí se le sumaron de repente Vitito, Angel Pérez y los Changos que tenían un espíritu cabrón y por eso eran el equipo campeón desaparecieron hasta que llegó este año y llegó la temida dispensa. Y la dispensa de sus archirivales Plataneros. Y nadie lo veía venir del todo. Después de la desintegración de los Changos, comenzaron las temporadas donde todos eran nativos. Me atrevería a decir que la última temporada “pseudo-exitosa” fue la del 2011-2012: El año del debut de los Cariduros que se lo llevaron todo y una semifinal entre Lares y Corozal que llenó el séptimo juego en la Mario Quijote Morales. La desintegración de los Changos trajo consigo un fenómeno bastante peculiar que terminó “rompiendo corillo”: las franquicias de menos de 10 años de instituídas (o debutantes) ganando campeonatos. Así tuvimos a Carolina, a Fajardo, a Arecibo y finalmente, a Guaynabo el año pasado. ¿Que tienen en común estos cuatro equipos? Que cuentan con una fanaticada reducida comparada a la de los equipos de la montaña, y ni la liga ni los apoderados han logrado que estos equipos le lleguen al corazón del fanático.

¿Qué es lo que hay que hacer para lograr eso? Estoy segura que lo primordial sería INVERTIR. Invertir un capital que no existe. Invertir en volver a restaurar la reputación de la liga. Invertir en que los juegos sean accesibles para todos desde la televisión, porque de la única manera que animas a la gente a llegar a una cancha. Invertir en que los jugadores sean más accesibles a las nuevas generaciones: campamentos, clínicas, meetups. ¿Saben porque hasta hoy sigo en la cancha? Porque cuando tenía edad de esponja tuve la oportunidad de disfrutar de todos esos recursos y finalmente, logré que toda mi familia fuera a la cancha. Asumo que lo mismo podría suceder con nuestros jóvenes. ¿Será que todo lo que hay que invertir es dinero o hay cosas más sencillas que no se están haciendo?

Todo esto lo escribo desde la frustración y el miedo: la frustración de que nada es como antes, y el miedo de que esto muera. Ojalá y que, algún día, en algún momento, tomen en cuenta las palabras y los reclamos de los fanáticos. Mediante este escrito intento hacerme eco de muchas cosas. Ojalá funcione.