Basta de imperativos: Enamórate de la mujer que te dé la gana

En los últimos días he leído una hemorragia de artículos ensayísticos diciéndole a los hombres que se deben o no se deben enamorar de las mujeres que leen, o de las mujeres que escriben, o de las que se hacen las difíciles. Probablemente también leí que deben enamorarse de las sumisas o de las que van a la iglesia los domingos. Yo no soy la mejor persona para dar consejos amorosos pero hombres, préstenme atención en esta: Todos esos artículos los engañan. Aún cuando soy una mujer que puedo decir que me identifico con el artículo de las mujeres que escriben y el de las que leen, ¿quien soy yo para decirles que se tienen que enamorar de un cierto tipo de mujer?

Debemos empezar por un dato sumamente básico: Es imposible agrupar a las mujeres en un solo grupo. Ni todas las mujeres que leen son iguales, mucho menos las que escriben, y “las que se hacen las difíciles” es de lo más risible. Todas estamos llenas de virtudes y defectos bastante particulares, que es muy probable que una sola etiqueta no logre cubrirlas todas. Segundo: En lo particular, me molesta el carácter imperativo con el que están escritos TODOS estos artículos. Ellos quieren hacerse los muy subjuntivos y que solo te están proporcionando ideas, pero implícitamente, te están ordenando a que hagas eso. En cuestiones del corazón, quien único debería ser imperativo eres tú (bueno, al menos eso siempre he creído.) ¿Por qué vas a hacerle caso a alguien que te dice “enamórate, escúchala, cómprale flores” cuando esas cosas que deben salir de ti mismo?

Volviendo al tema de las etiquetas, yo en este instante podría usar este espacio (como jamona irremediable) para decirle a los hombres de que se enamoren de “mujeres que les guste viajar, que hablen tres idiomas o más, que lean, que cocinen” y todas las características que me describirían. A mí no me da la gana de decirles eso. Probablemente a ti no te llene una chica que te puede decir cosas frescas en cinco idiomas distintos, pero si te llena una chica que muera por llenar su Pandora de charms. ¿Puedo decir yo que eso está mal? No. Somos entes distintos y probablemente esa chica del Pandora lleno tiene las cualidades dignas de llenar tu corazón mucho más que mis cinco idiomas y mis charlas de trova. ¿Ella es superior o inferior a mí? No, nuevamente, ni es “enamórate de la del Pandora” ni “enamórate de la que no cambia Radio Universidad”, esto se trata de enamorarte de la que tu corazón te dicte.

Hace unos días, en esta hemorragia de artículos me encontré con uno que hablaba de que a las mujeres nos gustan los hombres que se vistan bien, que mantengan su cuarto limpio, que sean detallistas y yo por ninguna parte me encontraba en lo absoluto identificada con ese artículo. Lo menos que busco en un hombre son esos detalles banales, pero es muy probable que otras mujeres si le interesen. Honestamente, me molestó bastante ese articulito. ¿Por qué me debería importar si un hombre se viste a la moda? A fin de cuentas, yo lo quiero desnudo. Lo que realmente me importa es su seguridad y su capacidad de conversar. Eso es lo que a mí realmente me llena y no creo bien que venga alguien a decirme que tipo de hombre me debe gustar. Tampoco creo que exclusivamente me gusten los “hombres que leen” o “los que se hacen los difíciles” o ninguna de esas etiquetas. Me gustan los individuos únicos con los que creo un grado de química muy saludable sin ninguna etiqueta. Asumo que la mayoría de los hombres opinan igual de las mujeres.

Es por esto que hoy les digo: Enamórense de quien les de la gana. Para el amor no hay edad, no hay gustos, no hay reglas ni mucho menos etiquetas. Enamórense de la persona que ustedes sientan que puedan crear un nexo bonito a la hora de estar juntos. De esa persona que, independientemente si lee, si hace drama, si es una amargada les saca una sonrisa siempre que están con ella. Enamórense de quien les dicta su corazón, no de quien les dicen los artículitos que leen en los blogs. De hecho, si creen que estoy siendo sumamente imperativa, tampoco me hagan caso a mí.

El inicio de “La transformación del mofongo”

Si leíste mi pasado post probablemente sepas que estoy en una fase de la vida en la que estoy intentando transformar el mofongo. En esos conteos que siempre hay que hacer entre reducir cantidades de relleno y contar cantidades de nutrientes finalmente, creo que me hallé. La manera en la cual el mofono se debe despejar de casi todo su relleno no es tan sacrificada. Parece hasta divertida. Después de estar dos días comiendo carne, huevo y queso me di cuenta de que esa era la base de mi nueva realidad. Al principio resultó deprimente pensando que era una miseria, después entendí algo: son precisamente los mismos alimentos que no se podían ingerir en el período de ayuno ortodoxo. Estaba haciendo un ayuno ortodoxo a la inversa.

Después de hacer eso, entendí algo que aún me dolió más. El alcohol tenía que estar por algún tiempo fuera de mi vida, mi adorado mantecado necesitaba controlarlo por completo. No debo pedir más pizza por un muy buen tiempo, en lo que logramos que este relleno llegue a un buen lugar. De momento, comienzo a animarme a cocinar cosas distintas a las que siempre he comido y me doy cuenta que no son tan malas na. Hora de hacer sacrificios, que no son tan sacrificados na (valga la redundancia). Dentro de algunos días, sé que les contaré como el mofongo se ha ido reduciendo.

Que no se pierda la bonita costumbre…/195

Que no se pierda la bonita costumbre de escribir y leer en el 2014…

Aunque tuve que descansar después de algunos días intensos en los que estuve terminando la antología, ya me hacía mucha falta el placer de dedicarle algún tiempo a las letras. Empezó el 2014 y yo apenas lo sentí. Sigo teniendo las mismas deudas que en el 2013. Continúo escondiéndome de los bancos hasta el día que finalmente consiga un trabajo con el que pueda responderles. La única diferencia es que en este año, bajar de peso no es una resolución, sino un proyecto tal y como lo fue el terminar la antología. Como ya les había mencionado antes, no voy a hacer dieta, voy a metaforizar mi alimentación. Suena chistoso al pensar en “esta leche de soya sabe tan rica como la nutella de hace dos semanas” pero definitivamente, será algo así. Ya mencioné las razones por las cuales tengo que perder peso, y tiene que ser un hecho que de aquí a 4 meses tengo que lucir mejor, por mi salud y por mi bien en general.

195…

Un número grande cuando se divide entre 5. Esos 5 son los pies que mido. Quiere decir que si se hace un ejercicio matemático soy un ser 39. Los expertos de esta materia dirían “tu Body Mass Index es de una mujer obesa” y yo no soy quien para objetárselo. Sin embargo, creo que durante toda mi vida he tomado demasiado en serio mi propia descripción de mofongo y crepa y me he rellenado con todo lo que encuentro. Poco me ha importado lo que me cubre, pero el problema es que mientras más grande el mofongo, más grande su cubierta. En la mesa todo el mundo adora un mofongo bien relleno. Fuera de esta, ver un mofongo bien relleno lo que produce es rechazo. Yo estoy algo cansada de ser un mofongo sobrerelleno y ser rechazada por ello. Es por esta razón que llegó el momento de cambiar la manera en que el mofongo/crepa se rellena. Procuro que la cubierta sea menor de lo que es, pues un mofongo o crepa pequeña puede ser cubierta mucho más facilmente.

Por todas estas razones es que debo procurar que ese 39 sea un 29. Los expertos en la materia dicen que ese es un número más cercano a lo que debe ser saludable. Ha llegado el momento de modificar el relleno del mofongo a uno menos grasoso, quizás menos sabroso. Hoy es oto día en el que cambio un plato de arroz por verduras. Aún al relleno le queda un largo camino por andar y algunos números por restarle a ese 195 y al 39. Ojalá pudiera añardirle algo a ese 5 de estatura.

La hipocresía del concepto del regalo

Llegaron las navidades y la gente en lo único que piensa es en lo que van a regalar y lo que recibirán como regalo. Anoche escuché a una persona en la tv decir “asumo que usted no querrá que le regalen una tarjeta prepagada” y pensé “¿qué tienen de malo las tarjetas prepagadas?” Y ahí comenzó esta larga reflexión sobre el concepto de regalo. Desde que llegué a mi adultez (si es que llegué) en lo menos que he conseguido pensar es en los regalos que haré o me harán. Normalmente, no espero ningún regalo, y yo cuando los doy es porque los siento. No dejo que el calendario rija el momento en el que voy a darle algo a alguien porque lo siento de corazón.

Incluso, llevo años que a mi familia no le hago regalos en fechas específicas. Si voy a algún templo del consumerismo (de esos a los que le he tomado odio) y veo algo que sé que apreciarán, valorarán y les resulta necesario, no pienso dos veces en hacer la inversión. Naturalmente, llevo todos estos días escuchando gente decir “no sé que voy a regalar” y yo nunca consigo entender porqué se presionan tanto. Esto no tan solo sucede en las navidades, sucede también durante todo el año. Leo tantos status y tuits que hablan sobre “si me hacen ese regalo, es porque no sirven” “deberían esforzarse por hacer un mejor regalo” y eso me lleva a preguntarme: ¿por qué tanta exigencia por un regalo? 
A fin de cuentas, un regalo es eso, no es una exigencia. La persona regala porque lo siente de corazón, y a fin de cuentas, ¿nadie se pone a pensar en los sacrificios que tiene que hacer esa persona por un regalo que “no sirve”? A lo mejor esa persona tuvo que dejar de pagar algo para poder conseguir pagar por un detalle. Esa persona tomó de su tiempo para pensar en ti y darte un detalle especial, que con tus exigencias, probablemente estás dejando saber que no mereces.
En mi caso, yo estas navidades como en mi cumpleaños y cualquier otra fecha importante, no espero nada. Si alguien me hiciera un regalo, estaré sumamente agradecida de que esa persona haya pensado en mí, sea cual sea el regalo (la única excepción sería un disco de Arjona o de Marc Anthony.) No pensaré en el valor monetario de ese regalo, sino en lo bien que me sienta a través de ese presente, ya sea una experiencia o un objeto. Yo, por mi situación económica, no puedo regalar otra cosa que letras y coquito. Probablemente, para alguien que espera un Pandora o una comida en un restaurante lujoso, eso no sirva para nada. Sin embargo, todo regalo que yo hago lo hago con todo mi corazón y ya les dije, no acostumbro en regalar en fechas. Si tomé el tiempo y el esfuerzo de hacerte un regalo, significa que eres un ser que estás en mi pensamiento y eres una persona que valoro. Probablemente, lo mismo suceda con tu familiar, amigo, pareja que optó por regalarte un día entre las montañas o esa “tarjeta prepagada” que te parece tan tediosa en vez de aquella prenda que morías por tener o un electrónico.

A falta de regalo para mi mejor amigo… le regalo esto

Últimamente me he caracterizado por escribir cosas que aluden directamente a mis sentimientos y no tanto al habitual sarcasmo que profeso. Hoy escribo porque como no tengo una cantidad de dinero lo suficientemente decente para comprar un buen regalo y hasta esta entonces, lo único que se me ha ocurrido es regalarle mis letras y el coquito navideño que hago a mi mejor amigo. Además, creo que es un compromiso hablar maravillas de él, porque es más lo que peleamos públicamente por ser diametralmente opuestos en muchos aspectos, aunque en las cosas básicas creo que coincidimos bastante. Christian, el amigo que llegó a mi vida del modo, no diría menos común porque hacer amistades en un ambiente de trabajo creo que es natural, pero sí irrumpió en mi vida desde el primer momento y hasta entonces ha sido una de las personas claves que oigo cada vez que tengo un invento. Es el amigo que más he dividido y le he complicado la mente por mis jodidas posturas, por mi habitual pesimismo y por otras pasiones de las que ya ni vale la pena hablar. La distancia física nunca ha sido un impedimento, y pues, a pesar de ello siempre hemos estado el uno para el otro. Mucho más allá de lo que le pueda molestar mi radicalismo o mi excesiva nube negra, a la larga, como el positivista (no sé si a nivel científico del término) que es termina por comprenderme e ignorar mis rabietas para hacerme ver que entre los tonos de grises en los que veo la vida, hay un crisol lleno de colores.

Por esas y por muchas otras cosas más, hoy no me queda más que decirte que espero que estos 25 años que llegan hoy a tu vida sean los más provechosos de toda tu vida (aunque ya nos consta que todo pinta bien.) Espero que todos los proyectos que tienes en tu futuro inmediato salgan tal y cuál parece que serán. Me consta que tienes una gran mujer a tu lado y una familia maravillosa que en ningún momento te han dejado de apoyar. Además, y no menos importante, tienes grandes amigos que siempre estaremos para ti, aún cuando no tengamos mucho que ofrecer, como me sucede a mí en este instante. Todas las experiencias que he vivido contigo en estos casi 5 años que te conozco han sido de las mejores de mi vida y a pesar de mi poca fe, estoy sumamente agradecida de que en mi vida exista un amigo como tú. Feliz día, y ojalá y que este año nos traiga muchos momentos que compartir juntos, momentos que sobre todo, serán de los más maravillosos de tu vida. Gracias por ser mi amigo, carajo.

Ay siiii, que te quiero con todo este corazón medio podrío…

Chris y yo… en el año de las guacaras

De forma redonda… a intentar convertirme en un reloj de arena

Otra vez vuelvo a molestarlos con asuntos de gran peso, como el mío. No sé si he llegado al punto en que mi cuerpo no aguanta más o si ya a mis ojos no les gusta nada lo que ven frente al espejo sin ropa o con ella. Creo que quizás me harté del friendzone, al que tomando en cuenta cuán visual es el sexo masculino (claro, no tienen ningún otro sentido muy agudizado excepto ese), es muy posible que mi redondez haya contribuído a que sucediera muchas veces. Decidí hace dos días que quiero convertirme de ballena a sirena, aunque dudo que deje de ser del todo ballena. Las sirenas se vuelven burbujas como le paso a la de Anderssen y las ballenas son fuertes e inteligentes. Por eso lo de sirena debe ser solo en sentido figurado.

Tengo varias motivaciones reales (no esa del friendzone) que me hacen tomar este paso. Una de ellas lo es el traje negro que me mira todos los días y me susurra al oído “sabes que iré contigo a la boda de Christian, gorda cabrona” y el traje de baño verde que traje de Suecia. Confieso que evito ir a la playa para enseñar mi cuerpo. Cuando pueda lucir eso, diré “puñeta por fin”.  La otra gran motivación es que ya que tomé la decisión de ir a Corea, hay ciertas cosas de las que debo estar consciente. Corea del Sur es un país con unos cánones con respecto a la belleza bastante estrictos y raros para los occidentales. Debido a su dieta y actividad física, debe ser muy poca la obesidad que existe allá. No debo llegar a un lugar nuevo, en el que ya soy un ente raro, siendo un ente más raro aún. Creo que la mejor manera de lograr esto es intentando quitarme un gran peso de mi cuerpo. Por más que consiga rebajar dentro de la cultura coreana tendré demasiadas “curvas”. Esta debería ser mi primera motivación todo momento.
Como les dije anteriormente, he fracasado en todas mis dietas por falta de consistencia. He hecho una reflexión sobre mi vida, y dos de las cosas que más he querido hacer sin resultado positivo quizás sean perder peso y escribir un libro. En el momento en el que estoy a punto de terminar mi primer libro, tiene que ser la mejor ocasión para consegur ambas a la vez. Dos cosas por las que he procrastinado y han habido momentos en los que creo que no es posible, ¿qué dos cosas podían tener tanto en común en mi vida que esas? Creo que por eso debería llevarlas a cabo a la par.
He decidido que documentaré mi proceso de perder peso como he ido documentando mi antología. No quiero terminar escribiendo un libro de autoayuda para bajar peso. Creo que es bastante obvia mi opinión en general sobre los libros de autoayuda. Quiero convertir mi experiencia en literatura. No quiero hacer el aburrido “Bajé 3 libras. Corrí 4 millas. Vamos que tú también puedes.” No, lo que quiero hacer es esto que acabo de demostrarles en este post. Comparar esto con la Sirenita de Anderssen, o con la forma en la que está escrita Rayuela, porque no hay una manera totalmente ortodoxa para bajar de peso, sino pasos básicos que se toman del modo que más le convengan a quien lo intenta. Esto es lo que intentaré brindarles en mi diario, más que  un resumen del workout en el gimnasio, un cuento de mi batalla campal con los gigantes, que resultaron ser simples molinos. 
Espero que esto le tenga algo de sentido a algún lector, a mí, como escritora que tiene que hacer dos cosas en su vida y que descubrió que lo mejor que debe hacer es complementarlas, creo que me resultará.

Paja mental #49: El ex-menudo del que me enamoré

En uno de esos desvaríos en los que me pongo a pensar en detalles intrascendentes de mi vida, se me ocurrió pensar en algo que me gustara desde niña. Por mi mente pasó dedicarle estas letras a Pacheco, que tantas alegrías le trajo a mi generación con su “cámara, por favor” y su “ayuda celestial.” Se me ocurrió que tal vez la Srta. Jimena y sus estudiantes en “Carrusel podrían ser los indicados, pero tampoco.

Nací en el ‘89, el mismo año en que el infame muro de Berlín cayó, pero ese es un evento que no compuso nada en mi vida porque yo no lo recuerdo. Después de mucho pensar en mis amores de la infancia, como Yuri, Pandora, Ricky Martin y hasta Barney, recordé que hay un amor que he tenido desde niña hasta hoy: Johnny Lozada.

Cuando yo nací, Menudo todavía estaba ahí, Johnny Lozada no. Nunca vi a Johnny Lozada hasta un día en que estando en mi corral apareció en la televisión cantando con Proyecto M: Si no estás conmigo presiento, que será mi vida un infierno… Mi cuerpo aún no estaba consciente de fluidos vaginales ni de atracciones hacia el sexo opuesto, pero sí sabía que algo no actuaba de manera normal cuando Johnny Lozada aparecía en la TV. No volví a ver a Johnny desde mi corral.

En el año 1998, cuando yo aún no cumplía los 9 años, los ex-menudos se reunieron en su consabido Reencuentro y así fue como, semi conscientemente, conocí y me enamoré de Johnny Lozada. La realidad es que todavía a esa edad no sabía con toda precisión que era posible sentir atracción por hombres que me doblaban la edad, pero aún así sabía que me atraía el ex-menudo.

Todo quedó confirmado el día en que Johnny lanzó su calendario. Los 90 fueron los años de oro de los calendarios eróticos de modelos. Taína, Maripily, Mara la de Big Boy, hasta las voleibolistas se desnudaron, plasmando su cuerpo en alguna pose representativa para ese mes. Johnny fue uno de los pioneros en desnudarse, mas o menos al mismo tiempo que Julian Gil y sus agendas. Ese fue el momento en que me enfrenté a pensamientos libidinosos por primera vez en la vida. Siempre quise tener ese calendario pegado a mi pared pero, ¿qué adulto hubiese sido capaz de complacerme ese capricho? Nunca se lo dije a nadie.

En el 2001, como todas mis compañeras del 6-2 de Inmaculada, no me perdía la novela Amigas y Rivales. Ellas la veían porque querían ser como las nenas fresas que salían en la novela, yo la veía por Johnny. Lo mismo hice con Cómplices al Rescate. Honestamente, poco me importó que cambiaran a Belinda por Daniela Luján, pero si me daba cuenta cuando pasaban más de dos capítulos y Johnny no salía.

Pasaron algunos años hasta que hubo otro concierto de El Reencuentro. Confieso que moría un poco en el Clemente cada vez que Johnny bailaba al ritmo de “Y mi banda toca rock”. Zahíra, que estaba al lado mío me decía “Estás bien loca.” La última vez que vi al Reencuentro en concierto fue en el 2010, justo dos meses antes de irme a vivir a Miami por un año. Otra vez Zahíra, que estaba de nuevo a mi lado, volvió a decirme cada vez que hablaba de Johnny que yo estaba loca. La loca es ella que para poder chismear un rato tengo que visitarla a la Biblioteca de Derecho mientras se esconde detrás de un mamotreto de Derecho Constitucional.

Hasta donde sabía, Johnny Lozada vivía en Miami. Lo primero que eché en mi maleta cuando iba para allá eran los deseos de verlo algún día. Una vez en la ciudad, cada vez que me montaba en una guagua y me dirigía hacia cualquier punto de la ciudad lo primero que pensaba al poner mis nalgas en el asiento era: “¿será que hoy es el día en que voy a ver a Johnny?” Por eso, convertí en ritual el ver todos los domingos el programa de Univision donde el aparecía, a pesar de mi apatía por ese canal. Mi amiga Lorena, que tiene una historia similar a la mía con Johnny desde la infancia, insistía en torturarme en mi exilio colocando en las redes sociales una foto que se había tomado con él. La muy infeliz me decía con esa voz de borrachona risueña que pone a veces “cabrona le agarré una nalga.” Maldita puta.

Mientras tanto, me atrevo apostar que 23 años después de aquel momento en el corral, nunca he tenido cerca a Johnny Lozada. Todavía soy la fanática que se emociona cuando él responde mis tuits, tal como hizo el día de mi cumpleaños felicitándome. Como nunca tuve de frente al amor de mi niñez precoz, me he tenido que consolar con verlo participar todas las semanas en un concurso de baile de dudosa reputación donde una mexicana de tetas plásticas está tan obsesionada por él como yo. Solo que ella sí lo ha tenido de frente, pero vive amargada porque él nunca se lo metió. A diferencia de ella, yo me conformo con tenerlo cerca, aunque mi reacción sea quedarme en total mudez, paralizada, temblorosa y tan si quiera pueda abrazarlo.

Yo tan solo soy una fanática enamorada de aquel nene que le cantaba a Clara, quien lo observaba desde su balcón. Sé que nunca me van a cantar como a Clara, apenas sé si llegue a tener de frente a ese chico alguna vez. Lo único que sé con certeza es que si algún día, Johnny llegara a leer esta crónica tonta que le dediqué por ser una de las cosas más consistentes de mi vida, ese será uno de los días más felices de aquella niña en el corral, que un día lo vio y hasta el sol de hoy.

Desearía

Mañana es otro día de esos prestablecidos. Es el día en que si decides seguir siendo tú, eres quien está mal. Sin embargo, yo nada quisiera más que tú sigas siendo tú y que me aceptaras esta invitación que te hago, siendo yo. Desearía que olvidaramos las ataduras del día y creemos nuestro propio espacio. Que hablemos de la vida, que escojamos a qué lugar ir sin importar cuantas brujas y fantasmas aparezcan en nuestro camino. Comer dulces, tomar café o cerveza, hacer de nuestro mundo y nuestro día uno más dulce: eso es todo lo que soy capaz de ofrecerte.

Pero muy probablemente, yo no sea lo que desees. En el fondo prefieres a la que se disfrazó de bruja que a mí, que con lo que cuesta ser yo una bruja se queda a mitad. A pesar de ser esta bruja natural, te ofrezco pasarla sensacional.
Queda de ti como tomes esto.

Teoría de la identidad santurcina en mi vida

En los 24 años de vida por lo menos 23 los he vivido en el espacio de Santurce, específicamente en Barrio Obrero. Vivo justo en el medio de la numerosa comunidad dominicana, razón por la que he sido motivo de burla, rechazo, me han discriminado y hasta cierto punto, he discriminado. Por 12 años no negaba tan solo el hecho de ser santurcina, sino también de ser sanjuanera ya que me costaba reconocer que cierto individuo era el alcalde de esta ciudad. En lugar, decía que era carolinense y eso no estaba tan lejos de la realidad. Estudié toda mi escuela superior en Carolina y fue el lugar donde jugué el deporte de mis mil amores: el voleibol.

Después de tantos años en mi vida, creo que he encontrado sentido a lo que es ser santurcina. Es por ello que me he dado a la tarea de desarrollar mi propia teoría de la identidad santurcina y hasta explicar el juego mental que me ha llevado a descubrirla. 
Hace 5 años, si me preguntabas no conseguía profesar ningún amor hacia ningún lugar particularmente. Bueno, a lo mejor te diría Plaza Las Americas porque era una persona que estaba solo enfocada en la ropa, las prendas y el maquillaje que se ponía. No me importaba gastar $100 en un vestido que me gustara si me gustaba de verdad. Aquella Brenda probablemente no tendría los elementos ni lingüísticos ni de vida suficiente para encontrarle sentido a otra cosa en la vida que no fuese ser un “Mallrat” y una de esas muchachas que conoces y sabes que llora cuando se le rompe una uña. Yo comencé a entender que era Santurce poco antes de irme por un año.
Yo recuerdo el Santurce de antaño. Aquella Ponce de León, imponente en cualquiera de las paradas donde te encontrases. Mi madre me llevaba, yo en coche de bebé, casi todas las semanas. Recuerdo la majestuosidad de González Padín, aquella tienda donde me compraron mi primer uniforme escolar hace 20 años. Si caminabas hasta la parada 18, encontrabas a Woolworth. Mi madre decía que esa fue la primera tienda en Puerto Rico con escaleras eléctricas y yo me recuerdo subiéndolas y bajándolas. Poco más adelante, en dirección a la emblemática Parada 15 estaban La Giralda y la New York Department Store. Ambas eran gigantescas, y sobre todo recuerdo la maquina de Coca Cola de pote cristal que había en La Giralda. Cerca de esa área también se encontraba GeeTees Toys, que en aquella época, era la más importante para mí por ser una juguetería. Nunca voy a olvidar que fue justo ahí donde me compraron los juguetes más emblemáticos de mi infancia y de los primeros que tengo conciencia: una Xuxinha y el micrófono de  Xuxa. Esa muñeca de Xuxa es tan importante para mí que hace unos días estaba en un vintage sale en los pasillos de Plaza, la volví a ver y la tuve que comprar.
Mientras fui creciendo, ese Santurce que conocí en coche iba desapareciendo poco a poco. Diría que la década de los ’00 fue una oscura para el sector aunque siempre hubo algunos espacios que se mantuvieron con vida, como la Placita del  Mercado, el chinchorro en turno durante la década gracias a Doña Sila, o el Santurce gay, que desde que tengo uso de razón ahí estaba el Tía María y Eros. Poco hubo más allá de eso.
Hoy Santurce es mucho más que eso. Santurce es ley. Santurce es Miramar. Santurce es Ciudadela. Santurce sigue siendo la misma 15. Santurce es de los dominicanos. Santurce es la Placita. Santurce es Hipster. Gústele a quien le guste y duélale a quien le duela, el espacio alternativo es quien le ha dado esa segunda vida a ese Santurce que yo conocí de toddler. Santurce renació, el santurcino ahora tiene espacios, quizás los mismos, quizás alternos para manifestarse. Yo he reencontrado todo aquello que fui en el Santurce de hoy. Entre la librería y Nellylandia, me he vuelto a sentir santurcina, aunque una parte de mí siga siendo carolinense. Sé que muchos al igual que yo se han encontrado en este mismo espacio, porque hay espacio para todos. Solo espero que este microespacio en esta jungla de cemento en el área metro siga siendo un lugar de manifestación, tanto artística como entre otras y que mcha gente, pueda encontrarse acá. Yo descubrí que era santurcina y que amaba este espacio después de haberme ido un año a Miami y darme cuenta cuanto me pertenecía.

Paja Mental #48

Que curioso esto de enamorarse de una idea, es un ser de carne y hueso, pero apenas conoces su nombre. Lo observas desde la distancia, sonríes, él ni sabe que existes. Sabes lo que hace, los lugares que frecuenta, sabes que a pesar de que no sabe nada de ti, con lo poco que sabes puedes concluir que tienen mucho en común. Vas a su trabajo, solo a contemplarlo, sin saber bien que hacer. De hecho, ni tan siquiera sabes si tiene pareja. Solo te conformas con observarlo.

Llegas a su trabajo, ese lugar donde sabes que lo vas a encontrar inequivocamente. Te percatas que no está, te relajas. Comienzas a hacer lo tuyo, claro, esa es la ventaja de los cafés. Tomas un café, escuchas la música desde tus audífonos, lees en alguna lengua extranjera mientras escribes en ella. Todo está en una perfecta armonía hasta que lo ves entrar. Tu corazón se agita, tu estómago trabaja de una manera anormal, comienzas a sudar, probablemente, toda tu expresión corporal haya cambiado, no puedes dejar de mirarlo. Lo miras y piensas qué hacer, será que algún día todo dejará de ser solo ese nervio y esa idea. Ves que te mira vagamente y ya no puedes volver a concentrarte.

En la vida solo te ha dicho cosas sumamente casuales como un “hola, ¿que tal?” o un “buenas noches” pero sabes que en el fondo ni tu cara recuerda. Yo me pregunto todas las noches, ¿qué coños hago para que sepa que existo? No me quedó otra opción que escribir estas líneas que, probablemente, nunca las lea.