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Mis problemas lingüísticos-psicológicos: mi historia con el italiano

Hace tiempo no usaba este blog para el propósito con el que lo cree: escribir sobre mis experiencias como políglota (en ciernes) pero hoy es justo y necesario. Siempre hablo de mis issues y mi amor por el portugués y de como eso surgió desde la cuna, pero pocas veces hablo del italiano. Creo que llegó el momento de contar mi pequeña historia con esta lengua.

Todo comenzó hace seis años, cuando iba a comenzar mi año senior en escuela superior. Estaba pasando por la crisis de no saber que hacer con mis años universitarios, después de haber dicho desde sexto grado que estudiaría comunicaciones. En el momento que me tocó escoger mis electivas para mi último año, escogí portugués, italiano y library assistant (digamos que era la clase de leer periódico en la biblioteca y hacer las asignaciones de la demás). Por aquellos tiempos, tenía una idea de que me interesaba hacer el bachillerato en lenguas, estaba segura que portugués sería una, el problema sería escoger entre italiano o francés. Francés en grado 11 no me gustó casi nada, así que había que experimentar con el italiano. Definitivamente, esta fue mucho mejor.

Guardo mucho cariño por mi maestra de italiano de la high, Vanessa Rivera que también es la maestra de arte en Saint Francis School (mi “alma máter“) y de ahí comenzó mi historia de amor con la lengua. A pesar de que me encantaban las lenguas, tomé la tonta decisión de hacer un bachillerato en historia en la Inter, que después cambié de concentración, poco antes de empezar mi primer semestre por Ciencias Políticas. Sé que fue una idiotez pero no me arrepiento, si no hubiera llegado a la Inter, nunca hubiera trabajado en Turismo.

Trabajando en Turismo me tocaba atender los Costa Cruises que llegaban al muelle, claro, nadie tenía ni un italiano básico para comunicarse con ciertos turistas, por ende, a pesar del pachó que me provocaba que cierta persona se me parara al lado cada vez que hablaba con un italiano, todo salía MUY bien $$$$.

A finales de 2008, decidí que no podía más con Ciencias Políticas y en Agosto 2009 me mude a la UPR a hacer el bachillerato en dos lenguas. La primera lengua que tomé ese primer año fue el italiano. Durante ese tiempo no sucedió nada fuera de lo normal, excepto por la huelga del 2010 y aquella carta de que me iba por un año a Florida International University de intercambio, en palabras simples: Miami me esperaba.

En Agosto 2010, me fui finalmente a Miami y aquellos primeros días deseaba no haber salido NUNCA de Puerto Rico por la cantidad de cosas que pasaban. Continué estudiando italiano allá, de hecho, fueron cuatro cursos. Seguí con mi frustración porque sentía que Miami no era sitio para mí, ni los Frat Parties, ni los juegos de football, ni el jangueo ese en club y tacos que hace años no paso y lo peor: lo divina que es la transportación pública de la ciudad cuando estás en el culo del oeste de la ciudad y toda la diversión está en el este. Me frustraba terriblemente, aunque ese ha sido mi mejor año en términos académicos, las mejores notas de mi vida y apenas me mataba estudiando.

Dentro de mi depresión por lo que me agobiaba la ciudad, Miami y sobretodo, el italiano revivieron algo en mí: mis animos de crear literatura (véase este post para referencia). Sobre este asunto ya había escrito antes, y fue en Marzo de 2011 (Cuando quedaba un mes para regresar a Puerto Rico) que conocí a los autores italianos y escuché tres “Inbocca al lupo” sobre mi “carrera literaria”, eso lo conseguí gracias a la lengua italiana.

Una semana más tarde de eso, comencé a trabajar como interna para la Italy-America Chamber of Comerce y fue ahí donde pasé mis mejores momentos en la ciudad siendo útil y bien feliz cada vez que alguien “se sorprendía” que “una portoricana parlasse italiano così” y ya tú sabes, uno con ese guille que no hay quien te lo tumbe. Lo que me apena, es que esos momentos en los que aprendí que Miami no era tan malo na, eran justo cuando estaba haciendo mis cajas para venir a casa.

En mayo de este año tuve que postergar una oferta de empleo con una agencia italiana que quiere expandirse a América y necesita alguien que hable italiano, español y portugués. Postergarlo porque requiere que viaje demasiado, y yo lo más que deseo en este momento es que llegue el semestre de Agosto 2013 para pedir grado.

Hoy, nuevamente tengo una cita con la lengua italiana donde tengo que servir de intérprete diferida de la lengua. Sinceramente, me emociona muchísimo cuando un compañero piensa en mí como una persona hábil para realizar esto porque eventualmente, esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida. Mi problema lingüístico-psicológico es el siguiente: Si es la lengua italiana la que más oportunidades me ha brindado, ¿por qué me resisto tanto a ella?l

Les explico, muchos saben que desde mis 13 años yo me eduqué y me habitué para vivir en São Paulo cuando fuera grande: cultura, literatura, deporte, música, televisión, lengua(aunque dicen que mi acento es más bien carioca) y que aún es una de mis fantasías conseguirlo. A pesar de ser algo nuevo en mi vida, me siento sumamente apasionada por la lengua y la cultura rusa, y si cuando tenga la oportunidad de ir a San Petersburgo (si todo se da como debe, será el año que viene) me gusta también la consideraría. El problema consiste en que no me visualizo viviendo en Italia o viviendo del italiano, a pesar de todas las oportunidades que me ha dado la vida con la lengua.

Digamos que esto me hace sentir como una mal agradecida de cierto modo. ¿Por qué se me hace tan difícil? La realidad, es algo que no consigo explicar con exactitud. A lo mejor es que solo necesito graduarme para entender mejor. La verdad es que ni a nivel graduado me visualizo en italiano, pues siempre he querido ir a la USP (Universidade de São Paulo) a hacer mi maestría en Literatura Brasileña (decisión cuestionable en este momento) o Filología Portuguesa. Hace unos pocos meses comencé a considerar hacer Traducción e Interpretación en la Universidad de Buenos Aires solo porque el currículo incluye español-portugués. A pesar de lo mucho que me emociona, siento que algo estoy haciendo mal.

No consigo dejar de pensar en la analogía de la persona que está ciegamente enamorada de alguien que le da esperanzas a medias e ignora a aquel que le ha dado muchísimas oportunidades y le ha demostrado cuanto amor tiene. Como pueden ver, esto no tan solo pasa en el amor, si no también en las carreras profesionales.

APRENDÍ…

Ayer, por primera vez desde que me gradué de escuela superior, decidí retar a la escritora que siempre ha habitado en mí, y que aún no entiendo por qué, ha estado en cierto reposo desde hace cuatro años. No sé si ha sido la búsqueda de mi verdadera identidad profesional o qué, pero la literatura pasó a un segundo plano durante mis primeros años universitarios. Escribí si, pero escribí cosas que ahora me arrepiento haber escrito. Usar mi talento a servicio de amores idiotas no era una buena idea, y en realidad, ayer mismo comprendí que el cuento rosa es una soberana MIERDA.

Desde hace como dos años o un año y medio comencé a escribir de nuevo por amor al arte, claro, justo el tiempo que llevo haciendo mi otra verdadera vocación: estudiando lenguas. Me siento plena haciendo las dos cosas que más me gustan y creo que por eso la inspiración ha regresado. El tiempo que pasé en Miami de intercambio, no toqué mis historias practicamente para nada. Sinceramente, Miami fue un sitio que me hizo cambiar mis clasicos tonos amarillos y violetas a unos grises pálidos horribles, pero allí mismo me encontre con una gran inspiración que verdaderamente, me hace sentir bendecida y ayudo a que me reenfocara. Como parte de las actividades organizadas por el Departamento de Lenguas de FIU, (Florida International University) nos visitaron a la universidad tres escritores italianos jovenes, promesas de la literatura italiana de estos tiempos. Sus nombres: Silvia Avallone, Giuseppe Catozella y Barbara DiGregorio.

Estaban acompañado de su editor, de quien solo recuerdo que se llamaba Michele y la casa editorial a la que pertenecen se llama Rizzoli. Durante la charla, el editor preguntó “chi vorrebe diventare scritore qui?” en toda aquella sala, la única en levantar la mano rápido como flecha fui yo y todo el mundo tuvo que cambiar su mirada hacia mi. Incluso, los escritores y el editor cuando hablaban, tendían a dirigirse a mí. Era como si nadie más pudiese entenderlos. Al terminar, todos me dijeron In bocca al lupo, la forma coloquial de desear buena suerte en italiano a lo que contesté sin pensarlo mucho Crepi! Sinceramente, no conozco muy bien el origen etimológico de la expresión. Solo sé que eso era lo que tenía que decir.

Ese fue uno de los días cuando más sentí que estar en Miami tenía algún sentido. Había matado dos pájaros de un tiro: conocí tres autores cuyas novelas son buenisimas, y para rematar, ¡son italianos! Desde que empezó el año, la lengua italiana es la que más satisfacción me ha dado, y esta era otra satisfacción adicional. Además, tanto en EEUU como en Puerto Rico, es poquísimo lo que se conoce de la literatura italiana, y también de la brasileña. Siempre he pensado que además de autora y traductora, debo ser un enlace que ayude a los amantes de la literatura a conocer más allá de lo convencional y ayudarles a que vean cuán maraviollosa es esta literatura que a pesar de que no comparte nuestra lengua, nos podría ser bastante pertinente. Así fue como comprendí que mis dos pasiones, siempre irán de la mano.

Tenía que contar esto porque creo que fue el punto de partida para inspirarme a competir ayer después de cuatro años. Se me ocurrió escribir un cuento rosa, creo que fue porque es con lo más cómoda que me siento. Además, otro de los propósitos de escribir fue darme la tarea de por fin terminar algún escrito que empiezo. Tengo aproximadamente diez drafts de historias que he comenzado, pero que aún no tengo muy claro el destino de sus personajes, y así, llevan años guardadas. Con esto, aprendí a concluir algo, quizás por primera vez en mi vida.

Obviamente, no iba a la competencia a ganar, iba a aprender. Iba a acostumbrarme a terminar mis historias, a saber que realmente se busca en una competencia y a tratar de expandir mi imaginación. No todo en esta vida pueden ser cuentos rositas, y eso fue algo que aprendí. Así me seguiré preparando para próximas competencias y para el gran día que comienze mi maestría en Creación Literaria, que debe ser en dos o tres años. Una de las grandes señales que la vida me dió ayer fue el ver a dos de mis maestros de escuela que más me inspiraron a creer en lo que escrbía: Consuelo Martínez, que fue mi maestra de español de sexto grado, la primera que me dio libertad de escribir lo que realmente naciera de mi, y quien ahora es la coordinadora de la maestría que empezare pronto, y naturalmente, Robin Colón, mi maestro de español de escuela superior, aquel mismo que decía que algún día llegaría a ser directora de Estudios Hispánicos y que ayer me dijo que después de tanto que había renegado, volví a donde verdaderamente pertenecía… ¡y tiene toda la razón!

el segundo de izquierda a derecha es Giuseppe, le sigue Barbara di Gregorio, luego Silvia Avallone. El que está a extrema derecha de espejuelos es Michele, el editor. Yo, pues estoy justo en el medio en tank top color vino.