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Basta de imperativos: Enamórate de la mujer que te dé la gana

En los últimos días he leído una hemorragia de artículos ensayísticos diciéndole a los hombres que se deben o no se deben enamorar de las mujeres que leen, o de las mujeres que escriben, o de las que se hacen las difíciles. Probablemente también leí que deben enamorarse de las sumisas o de las que van a la iglesia los domingos. Yo no soy la mejor persona para dar consejos amorosos pero hombres, préstenme atención en esta: Todos esos artículos los engañan. Aún cuando soy una mujer que puedo decir que me identifico con el artículo de las mujeres que escriben y el de las que leen, ¿quien soy yo para decirles que se tienen que enamorar de un cierto tipo de mujer?

Debemos empezar por un dato sumamente básico: Es imposible agrupar a las mujeres en un solo grupo. Ni todas las mujeres que leen son iguales, mucho menos las que escriben, y “las que se hacen las difíciles” es de lo más risible. Todas estamos llenas de virtudes y defectos bastante particulares, que es muy probable que una sola etiqueta no logre cubrirlas todas. Segundo: En lo particular, me molesta el carácter imperativo con el que están escritos TODOS estos artículos. Ellos quieren hacerse los muy subjuntivos y que solo te están proporcionando ideas, pero implícitamente, te están ordenando a que hagas eso. En cuestiones del corazón, quien único debería ser imperativo eres tú (bueno, al menos eso siempre he creído.) ¿Por qué vas a hacerle caso a alguien que te dice “enamórate, escúchala, cómprale flores” cuando esas cosas que deben salir de ti mismo?

Volviendo al tema de las etiquetas, yo en este instante podría usar este espacio (como jamona irremediable) para decirle a los hombres de que se enamoren de “mujeres que les guste viajar, que hablen tres idiomas o más, que lean, que cocinen” y todas las características que me describirían. A mí no me da la gana de decirles eso. Probablemente a ti no te llene una chica que te puede decir cosas frescas en cinco idiomas distintos, pero si te llena una chica que muera por llenar su Pandora de charms. ¿Puedo decir yo que eso está mal? No. Somos entes distintos y probablemente esa chica del Pandora lleno tiene las cualidades dignas de llenar tu corazón mucho más que mis cinco idiomas y mis charlas de trova. ¿Ella es superior o inferior a mí? No, nuevamente, ni es “enamórate de la del Pandora” ni “enamórate de la que no cambia Radio Universidad”, esto se trata de enamorarte de la que tu corazón te dicte.

Hace unos días, en esta hemorragia de artículos me encontré con uno que hablaba de que a las mujeres nos gustan los hombres que se vistan bien, que mantengan su cuarto limpio, que sean detallistas y yo por ninguna parte me encontraba en lo absoluto identificada con ese artículo. Lo menos que busco en un hombre son esos detalles banales, pero es muy probable que otras mujeres si le interesen. Honestamente, me molestó bastante ese articulito. ¿Por qué me debería importar si un hombre se viste a la moda? A fin de cuentas, yo lo quiero desnudo. Lo que realmente me importa es su seguridad y su capacidad de conversar. Eso es lo que a mí realmente me llena y no creo bien que venga alguien a decirme que tipo de hombre me debe gustar. Tampoco creo que exclusivamente me gusten los “hombres que leen” o “los que se hacen los difíciles” o ninguna de esas etiquetas. Me gustan los individuos únicos con los que creo un grado de química muy saludable sin ninguna etiqueta. Asumo que la mayoría de los hombres opinan igual de las mujeres.

Es por esto que hoy les digo: Enamórense de quien les de la gana. Para el amor no hay edad, no hay gustos, no hay reglas ni mucho menos etiquetas. Enamórense de la persona que ustedes sientan que puedan crear un nexo bonito a la hora de estar juntos. De esa persona que, independientemente si lee, si hace drama, si es una amargada les saca una sonrisa siempre que están con ella. Enamórense de quien les dicta su corazón, no de quien les dicen los artículitos que leen en los blogs. De hecho, si creen que estoy siendo sumamente imperativa, tampoco me hagan caso a mí.

Paja mental #49: El ex-menudo del que me enamoré

En uno de esos desvaríos en los que me pongo a pensar en detalles intrascendentes de mi vida, se me ocurrió pensar en algo que me gustara desde niña. Por mi mente pasó dedicarle estas letras a Pacheco, que tantas alegrías le trajo a mi generación con su “cámara, por favor” y su “ayuda celestial.” Se me ocurrió que tal vez la Srta. Jimena y sus estudiantes en “Carrusel podrían ser los indicados, pero tampoco.

Nací en el ‘89, el mismo año en que el infame muro de Berlín cayó, pero ese es un evento que no compuso nada en mi vida porque yo no lo recuerdo. Después de mucho pensar en mis amores de la infancia, como Yuri, Pandora, Ricky Martin y hasta Barney, recordé que hay un amor que he tenido desde niña hasta hoy: Johnny Lozada.

Cuando yo nací, Menudo todavía estaba ahí, Johnny Lozada no. Nunca vi a Johnny Lozada hasta un día en que estando en mi corral apareció en la televisión cantando con Proyecto M: Si no estás conmigo presiento, que será mi vida un infierno… Mi cuerpo aún no estaba consciente de fluidos vaginales ni de atracciones hacia el sexo opuesto, pero sí sabía que algo no actuaba de manera normal cuando Johnny Lozada aparecía en la TV. No volví a ver a Johnny desde mi corral.

En el año 1998, cuando yo aún no cumplía los 9 años, los ex-menudos se reunieron en su consabido Reencuentro y así fue como, semi conscientemente, conocí y me enamoré de Johnny Lozada. La realidad es que todavía a esa edad no sabía con toda precisión que era posible sentir atracción por hombres que me doblaban la edad, pero aún así sabía que me atraía el ex-menudo.

Todo quedó confirmado el día en que Johnny lanzó su calendario. Los 90 fueron los años de oro de los calendarios eróticos de modelos. Taína, Maripily, Mara la de Big Boy, hasta las voleibolistas se desnudaron, plasmando su cuerpo en alguna pose representativa para ese mes. Johnny fue uno de los pioneros en desnudarse, mas o menos al mismo tiempo que Julian Gil y sus agendas. Ese fue el momento en que me enfrenté a pensamientos libidinosos por primera vez en la vida. Siempre quise tener ese calendario pegado a mi pared pero, ¿qué adulto hubiese sido capaz de complacerme ese capricho? Nunca se lo dije a nadie.

En el 2001, como todas mis compañeras del 6-2 de Inmaculada, no me perdía la novela Amigas y Rivales. Ellas la veían porque querían ser como las nenas fresas que salían en la novela, yo la veía por Johnny. Lo mismo hice con Cómplices al Rescate. Honestamente, poco me importó que cambiaran a Belinda por Daniela Luján, pero si me daba cuenta cuando pasaban más de dos capítulos y Johnny no salía.

Pasaron algunos años hasta que hubo otro concierto de El Reencuentro. Confieso que moría un poco en el Clemente cada vez que Johnny bailaba al ritmo de “Y mi banda toca rock”. Zahíra, que estaba al lado mío me decía “Estás bien loca.” La última vez que vi al Reencuentro en concierto fue en el 2010, justo dos meses antes de irme a vivir a Miami por un año. Otra vez Zahíra, que estaba de nuevo a mi lado, volvió a decirme cada vez que hablaba de Johnny que yo estaba loca. La loca es ella que para poder chismear un rato tengo que visitarla a la Biblioteca de Derecho mientras se esconde detrás de un mamotreto de Derecho Constitucional.

Hasta donde sabía, Johnny Lozada vivía en Miami. Lo primero que eché en mi maleta cuando iba para allá eran los deseos de verlo algún día. Una vez en la ciudad, cada vez que me montaba en una guagua y me dirigía hacia cualquier punto de la ciudad lo primero que pensaba al poner mis nalgas en el asiento era: “¿será que hoy es el día en que voy a ver a Johnny?” Por eso, convertí en ritual el ver todos los domingos el programa de Univision donde el aparecía, a pesar de mi apatía por ese canal. Mi amiga Lorena, que tiene una historia similar a la mía con Johnny desde la infancia, insistía en torturarme en mi exilio colocando en las redes sociales una foto que se había tomado con él. La muy infeliz me decía con esa voz de borrachona risueña que pone a veces “cabrona le agarré una nalga.” Maldita puta.

Mientras tanto, me atrevo apostar que 23 años después de aquel momento en el corral, nunca he tenido cerca a Johnny Lozada. Todavía soy la fanática que se emociona cuando él responde mis tuits, tal como hizo el día de mi cumpleaños felicitándome. Como nunca tuve de frente al amor de mi niñez precoz, me he tenido que consolar con verlo participar todas las semanas en un concurso de baile de dudosa reputación donde una mexicana de tetas plásticas está tan obsesionada por él como yo. Solo que ella sí lo ha tenido de frente, pero vive amargada porque él nunca se lo metió. A diferencia de ella, yo me conformo con tenerlo cerca, aunque mi reacción sea quedarme en total mudez, paralizada, temblorosa y tan si quiera pueda abrazarlo.

Yo tan solo soy una fanática enamorada de aquel nene que le cantaba a Clara, quien lo observaba desde su balcón. Sé que nunca me van a cantar como a Clara, apenas sé si llegue a tener de frente a ese chico alguna vez. Lo único que sé con certeza es que si algún día, Johnny llegara a leer esta crónica tonta que le dediqué por ser una de las cosas más consistentes de mi vida, ese será uno de los días más felices de aquella niña en el corral, que un día lo vio y hasta el sol de hoy.

Desearía

Mañana es otro día de esos prestablecidos. Es el día en que si decides seguir siendo tú, eres quien está mal. Sin embargo, yo nada quisiera más que tú sigas siendo tú y que me aceptaras esta invitación que te hago, siendo yo. Desearía que olvidaramos las ataduras del día y creemos nuestro propio espacio. Que hablemos de la vida, que escojamos a qué lugar ir sin importar cuantas brujas y fantasmas aparezcan en nuestro camino. Comer dulces, tomar café o cerveza, hacer de nuestro mundo y nuestro día uno más dulce: eso es todo lo que soy capaz de ofrecerte.

Pero muy probablemente, yo no sea lo que desees. En el fondo prefieres a la que se disfrazó de bruja que a mí, que con lo que cuesta ser yo una bruja se queda a mitad. A pesar de ser esta bruja natural, te ofrezco pasarla sensacional.
Queda de ti como tomes esto.

Paja Mental #48

Que curioso esto de enamorarse de una idea, es un ser de carne y hueso, pero apenas conoces su nombre. Lo observas desde la distancia, sonríes, él ni sabe que existes. Sabes lo que hace, los lugares que frecuenta, sabes que a pesar de que no sabe nada de ti, con lo poco que sabes puedes concluir que tienen mucho en común. Vas a su trabajo, solo a contemplarlo, sin saber bien que hacer. De hecho, ni tan siquiera sabes si tiene pareja. Solo te conformas con observarlo.

Llegas a su trabajo, ese lugar donde sabes que lo vas a encontrar inequivocamente. Te percatas que no está, te relajas. Comienzas a hacer lo tuyo, claro, esa es la ventaja de los cafés. Tomas un café, escuchas la música desde tus audífonos, lees en alguna lengua extranjera mientras escribes en ella. Todo está en una perfecta armonía hasta que lo ves entrar. Tu corazón se agita, tu estómago trabaja de una manera anormal, comienzas a sudar, probablemente, toda tu expresión corporal haya cambiado, no puedes dejar de mirarlo. Lo miras y piensas qué hacer, será que algún día todo dejará de ser solo ese nervio y esa idea. Ves que te mira vagamente y ya no puedes volver a concentrarte.

En la vida solo te ha dicho cosas sumamente casuales como un “hola, ¿que tal?” o un “buenas noches” pero sabes que en el fondo ni tu cara recuerda. Yo me pregunto todas las noches, ¿qué coños hago para que sepa que existo? No me quedó otra opción que escribir estas líneas que, probablemente, nunca las lea.

Estar en forma… redonda

He intentado empezar este post de 10 maneras distintas sin que ninguna suene clichosa.  Decidí abortar la misión: no importa como empiece, siempre será BASTANTE clichoso cuando se trata del asunto que voy a tratar hoy. Normalmente hablo de las cosas que me hacen feliz o de las que me incomodan del exterior, pero pocas veces hablo de las que me incomodan de mí, tanto físicas como internas.  Hoy he decidido hablar de la cosa que más me incomoda de mi interior y de mi exterior, y no sé si por voluntad propia o por la influencia de la sociedad en mi persona: mi gordura.


Probablemente eres de las personas que hace algunos días leyó mi cuento sobre las nalgas (el cual no publicaré por obvias razones) y si sabes de lo que te hablo o no, pues te advierto que esto puede ser tanto el preludio como la secuela de dicho cuento.  Debo empezar por el principio, si es que esto tiene alguno (no estoy del todo segura) pero no estoy segura de en que posición en mi vida va ese cuento del otro día.  A fin de cuentas no importa, esta es mi historia y la empiezo por donde crea más conveniente.
Llevo años oyendo a mi madre decir “fue por culpa de esas pastillas McCoy que te di a los 6 años” o viendo a Juliana Paes o a Bárbara Mori en la televisión mientras me dice “yo pensaba que tu ibas a tener el cuerpo así”. Nunca pensé que la más ardiente de mis pasiones tronchara la mayor de las expectativas que mi madre tenía sobre mí. De por sí no recuerdo ningún punto de mi vida en el que hubiese sido delgada para mi edad y mi estatura, pero mi madre siempre insiste en recordármelos todos, como reprochando que no lo sea y que probablemente, nunca lo consiga.  Sí, tomé pastillas, hice ejercicios, he hecho hasta la dieta del toma y dame, pero siempre mi pasión me vence.  Hace unos 3 o 5 años llegué a verme lo más delgada que yo sí he logrado reconocerme, pero a pesar de ello, no conseguía reconocerme porque ahora no estoy tan segura de cuán yo era en ese momento.
Llegué a la parte clichosa del cuento que he intentado skipear desde el inicio de este relato: Yo también fui víctima de bullying en la escuela, hasta el día en que me gradué. Recuerdo que desde sexto grado, entre espejuelos, gordura, braces, actitudes entre otras me gané un sinnúmero de apodos.  Vivía hastiada desde los 11 años de la sociedad en la que vivía.  Curioso que 13 años más tarde aún lo esté y quizás en peor escala.  Aún me pregunto porque no cumplí ninguna de las promesas de suicidio que hice por un largo periodo de tiempo, pero claro, de haberlo hecho no estaría escribiendo esto. Eso hubiera sido un GRAN desperdicio.
El día que “el amor” llegó a mi vida, vino acompañado de esto también debajo de la manga. La frase que más me ha marcado desde que tengo 15 años es “tú serías la mujer de mi vida si rebajaras, vistieras de otra forma, y te arreglaras más”. Claro, ahora con la distancia del tiempo puedo concluir “yo NUNCA fui el amor de su vida”, pero en aquel momento no conseguía entender eso. A veces vuelvo a esa frase y creo que está más apegada a mí de lo que creo: no soy la mujer de la vida de nadie. No me arreglo, no me da la gana de vestir de otra forma, no rebajo.
Dicen las malas lenguas que vivo la vida detrás de un escudo, quizás sea cierto. Nací en un país, es un nucleo, en un mundo que siempre vio mal que en el Field Day en vez de estar pendiente a lo que sucediera, yo quisiera leer Cien años de soledad. Nací en un país en el cual mucha gente me rechaza porque “me creo que me lo sé todo” y eso viene siendo así desde tiempos inmemorables. Más de la mitad de la gente que me rodea no entienden mis motivaciones, lo que me emociona, lo que me apasiona. ¿Cómo no esconderte detrás de un escudo cuando todo lo que haces y eres es motivo de ataque?
Otras lenguas dicen que tengo un condón magnum size en el corazón.  Solo queda decirles: no es más que la pura verdad. ¿Quien quiere estar expuesto a más cantazos en la vida cuando descubriste que meterte en la vida de los Buendía resulta más apaciguador que hablar con tu vecino? ¿Para que quiero otro amor que me diga que “soy la mujer de su vida pero…”? Hasta ahora, en ninguna página de Rayuela, Oliveira me ha dicho eso, pero creo que eso no les importa.
Volviendo al asunto, sí soy gorda. Sé que la gente más superficial responderá a este asunto con un simple “mija pues rebaja” y probablemente tengan toda la razón del mundo, pero ahora toca darle a la comida, a mi gran pasión, su lugar en este texto.  La comida, si, me ha engordado, me hace daño a la salud pero jamás me ha dañado el alma como me la dañan los que me rodean.  Si hay algo en lo que esta sociedad está totalmente errada, es que nunca ha medido el poder de la palabra. Sé que existe gente que le dicen un “estás gordo” y es suficiente motivación para bajar de peso.  En mi caso, es tan solo el martirio con el que llevo cargando toda mi vida. He sabido estar contenta por muchos otros motivos y que en mi casa solo me digan “¿y cuando es que tu piensas rebajar?” A veces pienso que toda mi vida se reduce tan solo al hecho de que no soy ni consigo ser flaca. No lo consigo porque prefiero el mantecado al maquillaje, los bizcochos a la moda, sentarme a leer a ir al gimnasio. Sí, paso por épocas en que me engaño y engaño al mundo diciendo “fui al gimnasio” “no me comí el postre”. Juro que es el momento en el que más vacía y falsa me siento.

La fábula de los pajaritos

No sé si lo soñé, pero ahí estaban aquellos pequeños pajaritos con las alas rotas. Un día casual, que pudo haber sido ayer, como pudo haber sido mañana nos encontramos en la camino. Los pajaritos iban por rumbos distintos, hasta que el vuelo truncado de sus alas rotas y sus patas lastimadas hizo que se encontraran. Siempre estaré agradecida del momento en el que me ayudaste, es por ello que no podía hacer menos que pagarte el favor. No necesariamente, porque los pajaritos estuvieran en el mismo camino estaría destinado que se encontrarían, las circunstancias hicieron que se encontraran. Podíamos reír de las mismas cosas sin mucho preguntar. Fue así como los pajaritos comenzaron a crear su bandada.

Estaré agradecida de que hayas llegado a mi vida, aunque aún no sé si desperté. Uno de los dos pajaritos estaba más destruido, pues hacía poco había sido desplumado. Entre risas contemplaba tu sonrisa, inerte algunas veces, quizás hasta fingida, y lo peor es que no era por mí. El otro pajarito comenzaba a disfrutar de la compañía de aquel pajarito herido, a pesar de que tan solo se había convertido en quien curaba sus heridas. No sabes si quieres salir de ese círculo o no, a veces lloras, y sientes que te frustras, en cambio yo estoy aquí deseando que te des cuenta. Ese pajarito herido quería volar; el otro solo esperaba que quisiera volar a su lado, más allá de la bandada.

Aún el pajarito herido intenta volar con sus alas rotas. Yo solo quiero seguir siendo yo, y que la vida siga siendo igual, sin importar si esto es un sueño o no. El otro pajarito quiere ser feliz, aún si sus alas rotas, aunque aliviadas, no le permitan volar más lejos de lo que sus ojos ven. Tú no sabes realmente lo que quieres. Esas alas rotas, no se alivian haciendo el intento de volar sin ellas, sino, del lado de quien pudo aliviarlas a pesar de volar contra el viento. No sé si nosotros es un plural que tan solo se resume a lo que hay. Mientras tanto, los pajaritos siguen intentando volar, aún con sus alas rotas. Yo no me quiero quedar en este lugar. El pajarito herido, aún con sus alas rotas, quiere volar hasta fracasar. Tú no has entendido nada de lo que digo. El otro pajarito, no quiere que ese pájaro herido vuele lejos de su lado, quiere curarlo y estar a su lado mientras sana y después de sano; lo que quiere es su alma aliviar.

Razón o fe

Últimamente, debo admitir que estoy confrontando unas fuertes contradicciones entre mi raciocinio y la fe que siempre he tenido. Me siento agradecida con Dios, no puedo dejar de creer en un ser supremo que me bendice día a día y a quien atribuyo mi destino, a pesar de que si no trabajo en él, ese destino no se manifiesta de la manera en que debe. Hoy es uno de esos días en los cuales más fuerte todas estas preguntas me atacan, y me duele, me duele de muchas maneras.

Dios me bendijo llevándome a una iglesia maravillosa, en donde tengo una segunda familia y gente a quien adoro, pero, yo no sé si soy capaz de realmente, seguir los dogmas de una fe un solo día más en mi vida, porque mi raciocinio aparenta ser más fuerte cada vez. Voy a entrar a temas en específicos en los cuales ya no puedo ver la vida a través del crisol de los dogmas de la fe, y por los cuales, mi amor y mi agradecimiento a Dios cada día son más contradictorios con ellos.

Mis principales problemas vienen a través del concepto de lo que es un matrimonio y lo que es una familia, que cada día son más controversiales y a mí, me revientan más como ser humano. El matrimonio debe ser un sacramento entre hombre y mujer a base del amor, pero, tengo muchos conflictos en la unión entre hombres y mujeres y mucho más, con el concepto del amor hacia otras personas. Número uno, mi primer conflicto con el sacramento del matrimonio es bíblico y es el siguiente, en algún momento, ¿Dios les dijo a Eva y a Adán que estaban casados? ¿Alguien los casó? ¿Fue un animal? Ese es mi primer problema, creo que Dios tan solo les dio la posibilidad biológica, pero la institución del matrimonio me parece mas bien cosa de los hombres, no exactamente algo que proviene de Dios, por ende, ya de por sí me cuesta confiar en la raza humana, por todas las imperfecciones con las que Dios nos hizo.

Segundo problema que tengo con la institución del matrimonio: ¿hasta que la muerte nos separe…? ¿y que esta sucediendo hoy día? No se puede forzar a dos personas a estar juntas cuando sus sentimientos ya no coinciden, además, solo basta echar un vistazo a la historia para saber que el amor es una incidencia, y que el matrimonio ha sido solo una creación social para seguir manteniendo bienes entre otras conveniencias principalmente económicas. Por otro lado, tenemos a Disney vendiéndonos la imagen desde que estamos en la cuna del “príncipe azul” con el que seremos “felices para siempre”. Lamentablemente, nuestras familias también nos quieren mantener dentro de ese predicamento social. Y por último dentro de este mismo argumento: ¿Por qué los artistas nos están dando clases de como romper record en matrimonios más cortos de la historia? ¿A caso no es algo sagrado? Nuevamente, no se puede forzar a dos personas a estar juntas por un contrato, si no quieren estar juntos y además, el matrimonio se ha convertido en un juego. Si dos personas realmente quieren estar juntas, no necesitan firmar un papel y estarán juntos o hasta que la muerte los separe o hasta que la vida quiera….

Mi tercer problema no es del todo con el matrimonio, pero sí con la familia. Por lo visto, no importa en que época la gente te va a mirar mal cuando estas convencido de que no quieres formar una familia. Discúlpenme a quien le caiga, pero crecí viendo en muchas personas a mi alrededor la hipocresía que en muchos casos es querer cumplir con el standard social de casarte y tener hijos. Yo pienso que en el siglo XXI es hora de romper con clichés y comenzar a entender que no todas las familias son iguales, que no necesariamente en esta vida hay que tener un príncipe azul para tener una familia y tener hijos, y que para otras, nuestro príncipe azul es sinónimo de nuestra libertad, de ver el mundo sin ataduras, y de simplemente, no traer más criaturas a este mundo que a penas da abasto para nosotros. Sí, esa es otra visión que choca con la fe.

No sé qué rayetes hacer, porque en el fondo, me siento como toda una hipócrita visitando una iglesia porque no soy capaz de cumplir con los dogmas, pero tenía que ser sincera conmigo y con el mundo, y esta es mi verdad, esto es lo que pienso, esto es lo que soy. Me duele ver a mi madre triste porque le digo estas cosas, me hace sentir como una mala hija, cuando yo estoy dispuesta a hacer todo y ayudarla en lo que sea. Lamentablemente, ser una “radical social” ya me hace un mal ser humano, no importa lo mucho que me esfuerce. No sé si con escribir esto busco el perdón de Dios, o de mis hermanos en la fe, o simplemente buscar a alguien que me diga “tranquila, te entiendo” pero tenía que sacarlo de mi sistema. Disculpen si en algún punto de mi escrito los ofendí, juro que esa no fue mi intención, sino presentar las contradicciones con las que me encuentro día a día.

El cofresito…

Rodrigo (el grande) y Leoncio (el pequeño)… Leoncio es parte fundamental de esta historia.

Toda mi vida he sabido lo que quiero. Desde que tengo 13 años la meta de mi vida es estudiar en la Universidad de São Paulo (Brasil), una de las más difíciles para entrar en Latinoamérica. Siempre he querido una carrera que me permita viajar y conocer nuevos lugares. Creo que llegar a ser interprete, escritora y traductora literaria me permitirá estar en diversos congresos y festivales todo el tiempo y hará que sea casi imposible establecerme en un solo lugar. En toda esta bagunça, ¿dónde queda mi corazón?

Se suponía que se quedaba en un cofre encerrado bajo llave. Los últimos cuatro años habían servido para enseñarme eso. Ningún hombre está dispuesto a comprometerse con un alma libre, ya sea por miedo o por machismo, que a fin de cuentas se resumen en una sola cosa: PENDEJOS. Aquí viene el típico pensamiento: para estar al lado de un
pendejo que no entiende lo que hago, PREFIERO ESTAR SOLA
. ¿Cual es el problema? Que siempre hay un pendejo más cabrón que cualquier otro que resulta, tenía la llave de abrir el cofre.

Durante estos cuatro años ha existido un hombre que por más que cambie la cerradura del cofre, siempre encuentra la llave que lo abre. Es totalmente opuesto a la persona con la que quisiera estar, eso lo sé. Este último año, todo a mi alrededor me hace conciente de ese dato, pero hay algo más allá entre él y yo imposible de explicar por más palabras que busque.

Hace tres meses, conocí a un hombre que pensé se asemejaba más a lo que siempre he querido para mi vida. Pensé que tenía la llave adecuada para el cofre, pero me equivoque. Sólo un botón bastó para muestra de que se acerca mucho menos a lo que sería adecuado para mí que aquel nómada que vaga por mi vida, y que a pesar de todo aquello que ha pasado a través de los año, alguna fuerza siempre insiste en acercarnos.

Después de todo este tiempo no sé si lo que habita en mi corazón es amor. Sólo sé que estar en sus brazos me da una extraña sensación de seguridad que a su vez me hace sentir culpable. Quizás sea por aquel refrán que dice Más vale un mal conocido que un bueno por conocer. La razón por la que me hace sentir culpable es poque la gente que me quiere piensa que ésto no está bien, que al final me hago daño. En cierto punto, tienen toda la razón, en el otro pues, simplemente resulta inevitable para mí evadir su presencia en mi vida. Por más que insista en recalcar lo malo, en burlarme, en reírme, en recordar las lágrimas, aquella cosa más allá, sí, aquello que no hay palabras para explicarlo siempre vence. Siempre tiene la llave correcta para abrir el cofre.

Ahora… ¿por qué Leoncio es parte fundamental en esta historia? Porque es el único recuerdo de él que tengo siempre conmigo; un fiel testigo de todo lo sucedido en el último año.

1 mes más tarde…

¿Mi ilusión? Eso no existía. La vida me había moldeado de la manera más ruín posible. Cero optimismo, cero sonrisas, sólo dedicación. Intentar dedicarme solamente a mí, no darle cabida a nadie en mi corazón ni en mi vida.

¿Mi corazón? Latía sin razón alguna, pues todas las razones se las había llevado él sin haberme percatado. Me había convertidoen una especie de piedra, algo que simplemente no tenía motivos ni sentido.

Cuando más convencida estaba de la podredumbre en la que sé que se había tornado mi vida, llegaste tú. Sumergido en un laberinto algo similar, unidos por ese sentimiento de un corazón hermoso que alguien más se había encargado de ensuciar, transformandonos en seres cegados de dolor. De ese dolor, de esa complicidad, de este desasosiego, resugirmos como el ave fenix. Aún dolidos, aún heridos mas con las esperanzas que albergan a los dos seres llenos de amor que se escondían detrás de aquella piedra en la que los golpes nos habían convertido.

Gracias a tí, redescubrí quien soy. No considero que sea tan ruín como pensaba. Aún quiero dedicarme a mí por entera, pero dedicarme a su vez a tí también porque complementas mi ser. Creo que mi corazón encontro nuevos motivos para latir y que aquella piedra se deshizo y solo sus polvos quedan.

¿Ilusión? A veces suena poco saludable eso de ilusionarse, pero contigo redefino día a día lo que es una ilusión. La realidad es que no me aterra para nada ilusionarme día a día contemplando tu sonrisa y entre tus besos.

La vida no es una juguetería…

En mi vida, he pecado tanto de orgullosa como de pendeja. Éste quizas sea un momento en el que de orgullosa es de lo menos que pecaré, quiza sonaré muy pendeja y hasta falta de amor propio, pero no es así. Que conste que en ningún punto de este escrito hay falta de amor, pues estoy consciente de las cosas que me hacen feliz y las amo, esto es solo un momento en los que extrañas una de esas cosas que te haría LA persona más completa y feliz del mundo, pero sabes que no la tienes ni tendrás.

Cuando eramos niños, la felicidad se compraba en la tienda de juguetes, pero nadie nos advirtió que la vida no era una juguetería, y que habrían momentos en los que no vas a poder tener al muñeco que realmente quieres.
De esto se trata, llevo años estando segura del muñeco que quiero, aún cuando este muñeco no es un Ken, no es lindo y probablemente, es mucho más el dolor que provoca su ausencia y el haber podido solo jugar con su “Demo mode” y saber que prefirió que alguien más trasteara ese botón de Demo a ON.
Nadie tampoco me advirtió que tenía que hacer tanto para tener mi muñeco, y que aún así, al final no lo tendría. Que podía estar dispuesta a dejarlo todo por seguir a mi GI JOE, aunque aplastara mi orgullo. Todo esto es super difícil y en realidad, quisiera mi muñeco conmigo a mi lado para siempre, pero más quiero lo que tengo y lo que soy y me revienta a veces, tener que poner una cosa sobre la ottra, cuando lo que siempre quise fue que todo fuera parejo.
Si gente, no estoy tripeando, y sigo siendo la misma Brenda consciente y clara de las cosas que quiero. Ésto es sólo un relato de como siempre, alguna navidad, no nos trajo el juguete que realmente quisimos.

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