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Basta de imperativos: Enamórate de la mujer que te dé la gana

En los últimos días he leído una hemorragia de artículos ensayísticos diciéndole a los hombres que se deben o no se deben enamorar de las mujeres que leen, o de las mujeres que escriben, o de las que se hacen las difíciles. Probablemente también leí que deben enamorarse de las sumisas o de las que van a la iglesia los domingos. Yo no soy la mejor persona para dar consejos amorosos pero hombres, préstenme atención en esta: Todos esos artículos los engañan. Aún cuando soy una mujer que puedo decir que me identifico con el artículo de las mujeres que escriben y el de las que leen, ¿quien soy yo para decirles que se tienen que enamorar de un cierto tipo de mujer?

Debemos empezar por un dato sumamente básico: Es imposible agrupar a las mujeres en un solo grupo. Ni todas las mujeres que leen son iguales, mucho menos las que escriben, y “las que se hacen las difíciles” es de lo más risible. Todas estamos llenas de virtudes y defectos bastante particulares, que es muy probable que una sola etiqueta no logre cubrirlas todas. Segundo: En lo particular, me molesta el carácter imperativo con el que están escritos TODOS estos artículos. Ellos quieren hacerse los muy subjuntivos y que solo te están proporcionando ideas, pero implícitamente, te están ordenando a que hagas eso. En cuestiones del corazón, quien único debería ser imperativo eres tú (bueno, al menos eso siempre he creído.) ¿Por qué vas a hacerle caso a alguien que te dice “enamórate, escúchala, cómprale flores” cuando esas cosas que deben salir de ti mismo?

Volviendo al tema de las etiquetas, yo en este instante podría usar este espacio (como jamona irremediable) para decirle a los hombres de que se enamoren de “mujeres que les guste viajar, que hablen tres idiomas o más, que lean, que cocinen” y todas las características que me describirían. A mí no me da la gana de decirles eso. Probablemente a ti no te llene una chica que te puede decir cosas frescas en cinco idiomas distintos, pero si te llena una chica que muera por llenar su Pandora de charms. ¿Puedo decir yo que eso está mal? No. Somos entes distintos y probablemente esa chica del Pandora lleno tiene las cualidades dignas de llenar tu corazón mucho más que mis cinco idiomas y mis charlas de trova. ¿Ella es superior o inferior a mí? No, nuevamente, ni es “enamórate de la del Pandora” ni “enamórate de la que no cambia Radio Universidad”, esto se trata de enamorarte de la que tu corazón te dicte.

Hace unos días, en esta hemorragia de artículos me encontré con uno que hablaba de que a las mujeres nos gustan los hombres que se vistan bien, que mantengan su cuarto limpio, que sean detallistas y yo por ninguna parte me encontraba en lo absoluto identificada con ese artículo. Lo menos que busco en un hombre son esos detalles banales, pero es muy probable que otras mujeres si le interesen. Honestamente, me molestó bastante ese articulito. ¿Por qué me debería importar si un hombre se viste a la moda? A fin de cuentas, yo lo quiero desnudo. Lo que realmente me importa es su seguridad y su capacidad de conversar. Eso es lo que a mí realmente me llena y no creo bien que venga alguien a decirme que tipo de hombre me debe gustar. Tampoco creo que exclusivamente me gusten los “hombres que leen” o “los que se hacen los difíciles” o ninguna de esas etiquetas. Me gustan los individuos únicos con los que creo un grado de química muy saludable sin ninguna etiqueta. Asumo que la mayoría de los hombres opinan igual de las mujeres.

Es por esto que hoy les digo: Enamórense de quien les de la gana. Para el amor no hay edad, no hay gustos, no hay reglas ni mucho menos etiquetas. Enamórense de la persona que ustedes sientan que puedan crear un nexo bonito a la hora de estar juntos. De esa persona que, independientemente si lee, si hace drama, si es una amargada les saca una sonrisa siempre que están con ella. Enamórense de quien les dicta su corazón, no de quien les dicen los artículitos que leen en los blogs. De hecho, si creen que estoy siendo sumamente imperativa, tampoco me hagan caso a mí.

Estar en forma… redonda

He intentado empezar este post de 10 maneras distintas sin que ninguna suene clichosa.  Decidí abortar la misión: no importa como empiece, siempre será BASTANTE clichoso cuando se trata del asunto que voy a tratar hoy. Normalmente hablo de las cosas que me hacen feliz o de las que me incomodan del exterior, pero pocas veces hablo de las que me incomodan de mí, tanto físicas como internas.  Hoy he decidido hablar de la cosa que más me incomoda de mi interior y de mi exterior, y no sé si por voluntad propia o por la influencia de la sociedad en mi persona: mi gordura.


Probablemente eres de las personas que hace algunos días leyó mi cuento sobre las nalgas (el cual no publicaré por obvias razones) y si sabes de lo que te hablo o no, pues te advierto que esto puede ser tanto el preludio como la secuela de dicho cuento.  Debo empezar por el principio, si es que esto tiene alguno (no estoy del todo segura) pero no estoy segura de en que posición en mi vida va ese cuento del otro día.  A fin de cuentas no importa, esta es mi historia y la empiezo por donde crea más conveniente.
Llevo años oyendo a mi madre decir “fue por culpa de esas pastillas McCoy que te di a los 6 años” o viendo a Juliana Paes o a Bárbara Mori en la televisión mientras me dice “yo pensaba que tu ibas a tener el cuerpo así”. Nunca pensé que la más ardiente de mis pasiones tronchara la mayor de las expectativas que mi madre tenía sobre mí. De por sí no recuerdo ningún punto de mi vida en el que hubiese sido delgada para mi edad y mi estatura, pero mi madre siempre insiste en recordármelos todos, como reprochando que no lo sea y que probablemente, nunca lo consiga.  Sí, tomé pastillas, hice ejercicios, he hecho hasta la dieta del toma y dame, pero siempre mi pasión me vence.  Hace unos 3 o 5 años llegué a verme lo más delgada que yo sí he logrado reconocerme, pero a pesar de ello, no conseguía reconocerme porque ahora no estoy tan segura de cuán yo era en ese momento.
Llegué a la parte clichosa del cuento que he intentado skipear desde el inicio de este relato: Yo también fui víctima de bullying en la escuela, hasta el día en que me gradué. Recuerdo que desde sexto grado, entre espejuelos, gordura, braces, actitudes entre otras me gané un sinnúmero de apodos.  Vivía hastiada desde los 11 años de la sociedad en la que vivía.  Curioso que 13 años más tarde aún lo esté y quizás en peor escala.  Aún me pregunto porque no cumplí ninguna de las promesas de suicidio que hice por un largo periodo de tiempo, pero claro, de haberlo hecho no estaría escribiendo esto. Eso hubiera sido un GRAN desperdicio.
El día que “el amor” llegó a mi vida, vino acompañado de esto también debajo de la manga. La frase que más me ha marcado desde que tengo 15 años es “tú serías la mujer de mi vida si rebajaras, vistieras de otra forma, y te arreglaras más”. Claro, ahora con la distancia del tiempo puedo concluir “yo NUNCA fui el amor de su vida”, pero en aquel momento no conseguía entender eso. A veces vuelvo a esa frase y creo que está más apegada a mí de lo que creo: no soy la mujer de la vida de nadie. No me arreglo, no me da la gana de vestir de otra forma, no rebajo.
Dicen las malas lenguas que vivo la vida detrás de un escudo, quizás sea cierto. Nací en un país, es un nucleo, en un mundo que siempre vio mal que en el Field Day en vez de estar pendiente a lo que sucediera, yo quisiera leer Cien años de soledad. Nací en un país en el cual mucha gente me rechaza porque “me creo que me lo sé todo” y eso viene siendo así desde tiempos inmemorables. Más de la mitad de la gente que me rodea no entienden mis motivaciones, lo que me emociona, lo que me apasiona. ¿Cómo no esconderte detrás de un escudo cuando todo lo que haces y eres es motivo de ataque?
Otras lenguas dicen que tengo un condón magnum size en el corazón.  Solo queda decirles: no es más que la pura verdad. ¿Quien quiere estar expuesto a más cantazos en la vida cuando descubriste que meterte en la vida de los Buendía resulta más apaciguador que hablar con tu vecino? ¿Para que quiero otro amor que me diga que “soy la mujer de su vida pero…”? Hasta ahora, en ninguna página de Rayuela, Oliveira me ha dicho eso, pero creo que eso no les importa.
Volviendo al asunto, sí soy gorda. Sé que la gente más superficial responderá a este asunto con un simple “mija pues rebaja” y probablemente tengan toda la razón del mundo, pero ahora toca darle a la comida, a mi gran pasión, su lugar en este texto.  La comida, si, me ha engordado, me hace daño a la salud pero jamás me ha dañado el alma como me la dañan los que me rodean.  Si hay algo en lo que esta sociedad está totalmente errada, es que nunca ha medido el poder de la palabra. Sé que existe gente que le dicen un “estás gordo” y es suficiente motivación para bajar de peso.  En mi caso, es tan solo el martirio con el que llevo cargando toda mi vida. He sabido estar contenta por muchos otros motivos y que en mi casa solo me digan “¿y cuando es que tu piensas rebajar?” A veces pienso que toda mi vida se reduce tan solo al hecho de que no soy ni consigo ser flaca. No lo consigo porque prefiero el mantecado al maquillaje, los bizcochos a la moda, sentarme a leer a ir al gimnasio. Sí, paso por épocas en que me engaño y engaño al mundo diciendo “fui al gimnasio” “no me comí el postre”. Juro que es el momento en el que más vacía y falsa me siento.

La fábula de los pajaritos

No sé si lo soñé, pero ahí estaban aquellos pequeños pajaritos con las alas rotas. Un día casual, que pudo haber sido ayer, como pudo haber sido mañana nos encontramos en la camino. Los pajaritos iban por rumbos distintos, hasta que el vuelo truncado de sus alas rotas y sus patas lastimadas hizo que se encontraran. Siempre estaré agradecida del momento en el que me ayudaste, es por ello que no podía hacer menos que pagarte el favor. No necesariamente, porque los pajaritos estuvieran en el mismo camino estaría destinado que se encontrarían, las circunstancias hicieron que se encontraran. Podíamos reír de las mismas cosas sin mucho preguntar. Fue así como los pajaritos comenzaron a crear su bandada.

Estaré agradecida de que hayas llegado a mi vida, aunque aún no sé si desperté. Uno de los dos pajaritos estaba más destruido, pues hacía poco había sido desplumado. Entre risas contemplaba tu sonrisa, inerte algunas veces, quizás hasta fingida, y lo peor es que no era por mí. El otro pajarito comenzaba a disfrutar de la compañía de aquel pajarito herido, a pesar de que tan solo se había convertido en quien curaba sus heridas. No sabes si quieres salir de ese círculo o no, a veces lloras, y sientes que te frustras, en cambio yo estoy aquí deseando que te des cuenta. Ese pajarito herido quería volar; el otro solo esperaba que quisiera volar a su lado, más allá de la bandada.

Aún el pajarito herido intenta volar con sus alas rotas. Yo solo quiero seguir siendo yo, y que la vida siga siendo igual, sin importar si esto es un sueño o no. El otro pajarito quiere ser feliz, aún si sus alas rotas, aunque aliviadas, no le permitan volar más lejos de lo que sus ojos ven. Tú no sabes realmente lo que quieres. Esas alas rotas, no se alivian haciendo el intento de volar sin ellas, sino, del lado de quien pudo aliviarlas a pesar de volar contra el viento. No sé si nosotros es un plural que tan solo se resume a lo que hay. Mientras tanto, los pajaritos siguen intentando volar, aún con sus alas rotas. Yo no me quiero quedar en este lugar. El pajarito herido, aún con sus alas rotas, quiere volar hasta fracasar. Tú no has entendido nada de lo que digo. El otro pajarito, no quiere que ese pájaro herido vuele lejos de su lado, quiere curarlo y estar a su lado mientras sana y después de sano; lo que quiere es su alma aliviar.